Las capitales no caen en días. Caen en horas cuando dragones deciden que deben arder.
La silueta de Aria se recortaba contra el cielo matutino como una pesadilla hecha realidad. Sus alas se extendían más de veinte metros, escamas negras brillando con destellos dorados que reflejaban las llamas que se alzaban desde la capital de Elaria. A sus flancos volaban cinco dragones más, cada uno una fuerza de destrucción que había permanecido dormida durante siglos.
Es por Aeron, se repetía mientras conte