104. Aquí y en el infierno
Y aún así sus ojos no se apartan del pequeño frente a él, como si su mente le estuvies jugando una mala broma a la cual se aferra con todas sus fuerzas.
El niño está tan tranquilo que no se remueve entre sus brazos, y la mirada tierna que posee el pequeño le genera lo mismo que le genera ver los hermosos ojos de su esposa.
En completo silencio, anonadado, Giancarlo observa con delicadeza al pequeño. Sólo ha durado una fracción de segundo tenerlo en sus manos cuando oye un llamado que le quita