POV Gisel Donovan.
El apartamento olía a humedad y a miedo. Pequeño. Oscuro. Frío. Nada que ver con el palacio en Marruecos donde cada habitación era más grande que este lugar completo. Aquí había una cama doble con sábanas grises que habían visto mejores días, una cocina con dos hornillas que no funcionaban, y una ventana con vista a un callejón donde los gatos peleaban por la basura.
Pero era seguro. O al menos eso nos dijo el contacto de Sofía cuando nos entregó las llaves hace tres horas.
—