Capítulo 3

Elizabeth estaba completando los formularios de ingreso a la empresa cuando fue notificada de que el CEO Emiliano Riva solicitaba su presencia en su oficina, asintió y terminó calmadamente de cumplir con los requisitos de nuevos empleados.

Al terminar se dirigió al último piso del edificio donde se encontraban las instalaciones de Presidencia, llegó y fue recibida por la cara de muy pocos amigos de la recepcionista del piso.

            –¿Qué desea?

            –Buenos días, he sido notificada de que el señor Riva quiere verme.

            –¿Quién le notificó?

            –No sé su nombre, alguien llamó a Recursos Humanos.

            –Voy a verificar –marcó un número, habló algo que Elizabeth no entendió y enseguida apareció otra chica, alta y vestida para matar, quien vio a Elizabeth de pies a cabeza, antes de decir:

            –¿Tú buscas al señor Riva?

            –Sí.

            –¿Para qué?

            –Pregúntele a él, fue quien pidió verme.

            –Espera aquí.

Se dio media vuelta y moviendo exageradamente su cabello y sus caderas, se dirigió a la oficina del fondo del pasillo, la cual tenía una gran puerta de madera oscura.

            –Cariño, en recepción hay una mujer que quiere verte, dice que tú la mandaste a venir.

            –Sofía te he dicho incontables veces que no me digas así.

            –Pero te gusta que lo haga.

            –Cuando estamos desnudos en la cama, aquí en la oficina no, tienes que guardar las distancias.

            –Está bien, ¿qué hago con la mujer?

            –Hazla pasar.

La chica se acercó a la puerta y llamó a Elizabeth, la hizo pasar y se quedó parada en la entrada, Elizabeth ingresó y saludó cortésmente, Emiliano respondió mientras se ponía de pie y se aproximaba a la hermosa mujer que tenía frente a él, de soslayo vio a su secretaria y le dijo:

            –Sofía, puedes retirarte y por favor, cierra la puerta, que nadie me moleste.

Sofía asintió de mala gana y cerró dando un fuerte portazo, que hizo dar un salto a Elizabeth.

            –¿Puedo saber para qué me mandó a llamar?

            –¿Sabes quién soy?

            –Por supuesto y usted, ¿sabe quién soy yo?

            –Lo supe esta mañana, gracias al CFO Augusto Conti. Quería verte para darte algunas indicaciones.

            –No es necesario, sé exactamente lo que contienen sus indicaciones y créame, yo no tengo ningún interés en divulgar que estamos casados, mi presencia aquí será solo para desempeñar mi carrera, estaremos a 10 pisos de diferencia por lo que estoy segura de que ni siquiera nos tropezaremos por accidente, adiós y que tenga un buen día.

Elizabeth dio media vuelta y salió de la lujosa oficina de Emiliano sin darle tiempo a decir una sola palabra. Pasó delante de la secretaria, que se había quedado en el pasillo, y frente a la recepcionista sin mirarlas siquiera, no se había sentido bienvenida y no tenía por qué ser amable con ellas.

Al abrirse el ascensor se topó con Stéfano quien abrió la boca, pero solo expulsó el aire, se hizo a un lado y le permitió entrar, se giró para seguir viéndola con una gran sonrisa en su rostro, esperó hasta que las puertas cerraron totalmente y se fue casi corriendo hasta la oficina de Emiliano.

            –Emiliano Riva, esa mujer es una diosa, ¿qué hacía en este piso?

            –La mandé a llamar para conocerla.

            –No amigo, por favor, tú tienes a casi todas las secretarias de aquí, déjamela tranquila.

            –Stéfano, escúchame bien lo que voy a decirte porque no lo repetiré nunca más. Elizabeth Mancini está prohibida para ti.

            –¿Por qué?

            –Es protegida de mi padre, ni siquiera yo puedo acercarme a ella. ¿Entendiste?

            –Si tú no te acercas, yo tampoco, no quiero problemas con el ogro de tu padre.

Emiliano asintió conforme, aunque no estaba muy seguro de cumplir, la vio, la tuvo cerca y lo que sintió en su presencia era algo que no había experimentado antes, la curiosidad por conocer más de su esposa se había incrementado mucho, así que por lo pronto iría a casa de su padre esa noche para cenar.

***

Entró a la casa de su padre y escuchaba risas que provenían del área de la cocina, se acercó y quedó de una pieza al ver a su padre cortando unos tomates, mientras Elizabeth removía una olla en la estufa y Aura la cocinera sacaba una bandeja del horno, todos reían y conversaban animadamente, la primera en notar su presencia fue Aura y enseguida le dijo.

            –Emiliano, ¿va a cenar aquí?

            –Sí Aura, si no es molestia.

            –Hijo, que ocurrente, ¿cómo va a ser molestia que cenes en tu casa?

            –No avisé que venía.

            –No importa, hay suficiente comida para un ejército, jajaja.

            –Padre, ¿desde cuándo cocinas?

            –Desde que Elizabeth me retó, resulta que le gusta cocinar y se ofreció a hacer la cena si yo la ayudaba y aquí me tienes.

Elizabeth aún no se había girado, se mantenía de espaldas, fingiendo estar ocupada y concentrada en lo que removía con mucho ahínco en esa olla. Emiliano no despegaba la vista de su esposa y ella hacía un esfuerzo sobrehumano para no voltear. De pronto, él anunció que se daría una ducha para bajar a comer, por lo que Elizabeth volvió a respirar.

Desde que lo había visto en la mañana se sintió inquieta con su imponente presencia, se acercó a él lo suficiente para hablarle muy bajito por si las mujeres de afuera querían enterarse de lo que conversaban, así que pudo oler su embriagante perfume y aun lo tenía grabado en sus sentidos.

Aura comenzó a poner la mesa ayudada por Elizabeth, tomaron asiento y esperaron hasta que Emiliano apareció vestido casualmente, provocando que su esposa lo mirara de pies a cabeza, se sentó frente a ella sin dejar de observarla con una media sonrisa en su boca, fueron servidos y el señor Riva, señaló que todo estaba delicioso, en especial la ensalada caprese insistía, haciendo reír a Elizabeth.

            –Padre me quedaré esta noche a dormir aquí, ¿quieres jugar una partida de ajedrez?

            –Será un placer hijo, hace mucho que no lo hacemos.

Elizabeth se estremeció cuando lo escuchó decir que se quedaría a dormir, pensó que al retirarse se encerraría en su habitación y no podía entender por qué se había instalado esa idea en su mente.

            –Con su permiso caballeros, me retiraré porque estoy cansada, tenía mucho tiempo sin madrugar.

            –¿Quieres irte conmigo a la oficina mañana?

            –No Emiliano, podemos compartir en la casa una comida, pero fuera de esa puerta –dijo mientras señalaba la gran entrada de la casa– tú y yo no tenemos nada en común. Buenas noches.

            –Es una mujer de carácter y tu comportamiento anterior la llevó a cerrar cualquier posibilidad de ser al menos amigos durante el tiempo que estén casados. Fue muy humillante para ella el que tú no aparecieras a la boda y mandaras a tu asistente como si ella no tuviera ningún valor para ti –le dijo su padre con reproche.

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