—No —la interrumpió Albert Kholl—. Nadie puede obligarme a hacer algo que no estoy dispuesto a hacer. Es mi decisión.
—¿Entonces te gusta? —La señora parecía conmocionada—. ¿No te molesta tener contacto físico con mujeres? ¿Tu problema está curado?
—Es una excepción. —Albert Kholl se frotó la sien mientras veía a la chica salir del baño con su secador—. Puedo tocarla.
—¿Entonces te casaste con ella por eso?—
—Sí, pero no del todo.—
—Ah, sí... el matrimonio no es cosa de niños. No deberías haber