Carlotta se estiró perezosa en la lujosa cama del hotel Emperor.
Sábanas de seda se resbalaban por su sensible piel, lujo y sofisticación dondequiera que posara sus somnolientos ojos.
¿Había muerto y estaba en el paraíso?
Su tonta mente sacó esa conclusión, pero luego recordó todos los acontecimientos de anoche de golpe.
“¡Maldición!, ayer fui la lechuga en el medio de dos t***s de pan, el chorizo entre los huevos, ayer, ¡me acosté con dos sexis hombres! ¡Wiiii!”
Se incorporó con algo de mo