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La puerta se abrió con un clic suave, casi imperceptible. No hubo necesidad de que levantara la vista para saber quién era; el aroma a vainilla y brisa marina que siempre acompañaba a Isabella inundó el despacho, suavizando instantáneamente la aspereza del ambiente.
Ella caminó con pasos felinos hasta situarse detrás de su silla. Sin decir una palabra, Isabella colocó sus manos sobre los hombros de Gabriel. Sus dedos, expertos y