Narrado por Gabriel Calvelli
El apartamento de Olimpia parecía el centro de control de una misión espacial, pero con más olor a pizza y testosterona. Habíamos acomodado la laptop en la mesa principal y la pantalla estaba encendida con una videollamada grupal que conectaba el hangar de Thalassa con la sala de mi casa.
Liam Méndez estaba pegado a la pantalla, con los ojos vidriosos, mirando a Mía. Ella no paraba de llorar, hipando frente a la cámara mientras sostenía un pañuelo.
—¡Mía, mi amor, n