La noche había sido corta. El bullicio en las calles, los cánticos de apoyo y las vigilias improvisadas frente a la pensión apenas le permitieron descansar. Aun así, Isadora abrió los ojos al amanecer con una extraña calma en el pecho.
Se levantó despacio y caminó hacia el pequeño baño de la pensión. Encendió la luz tenue y se miró en el espejo empañado. Como cualquier mujer, atendió primero sus necesidades, luego se lavó las manos con jabón barato y se enjuagó el rostro con agua fría. Aquella