La luz del amanecer entraba tímida por las cortinas raídas de la pensión. Isadora abrió los ojos despacio, como si su cuerpo todavía no terminara de aceptar el peso del día que estaba por comenzar. Se quedó unos segundos mirando el techo de madera, escuchando los ruidos propios de la ciudad despertando: pasos en el pasillo, el murmullo de voces lejanas y el goteo constante de una tubería.
Se incorporó lentamente. El cuarto era pequeño, pero limpio. Sobre una silla esperaba la ropa que Sahira