La mañana amaneció cargada de tensión. Los periódicos digitales, las cadenas televisivas y las plataformas de streaming abrían con la misma imagen: Isadora Morel, sin máscara, de pie como una reina desterrada que volvía a reclamar lo suyo. La noticia era un torbellino imparable y, por primera vez en años, la ciudad hablaba de ella con respeto y temor.
Pero, en paralelo, la maquinaria de Damián Echeverri y Amara Leclerc no se detuvo. Desde el penthouse de un hotel en el centro, ambos planearon