El salón aún vibraba con los murmullos cuando Isadora se dio media vuelta y caminó hacia la salida. No había necesidad de quedarse, ella no se rebajaría a pelear con ellos, el golpe estaba dado. Afuera, los flashes la siguieron hasta que subió al auto conducido por Nala. Gabriel, desde dentro, la recibió con una leve inclinación de cabeza.
—Perfecto —dijo él, mirando por la ventanilla cómo los periodistas corrían tras el vehículo—. Ahora la cacería empieza para ellos.
Dentro del salón, la c