El aire dentro de la habitación se había vuelto pesado, como si las paredes hubieran absorbido el silencio y ahora lo estuvieran devolviendo lentamente. Gabriel permanecía de pie junto a la ventana, con las manos metidas en los bolsillos, observando las luces lejanas de la ciudad que se encendían una a una. Isadora, sentada en el sofá, no apartaba la vista de la carpeta que tenía sobre las rodillas: documentos, fotos y recortes impresos que, juntos, formaban una historia que conocía demasiado b