La lluvia había cesado en la ciudad, pero el aire aún conservaba el olor metálico de las tormentas recientes. En un rincón oscuro de un bar exclusivo, Damián Echeverri y Amara Leclerc esperaban a un hombre que jamás se presentaba sin una razón de peso. Era uno de sus contactos más antiguos, un enlace con los rincones más podridos de la prisión donde Isadora había pasado sus últimos días como «condenada».
El hombre llegó sin hacer ruido, con un impermeable empapado y un portafolio bajo el brazo