El aire dentro del salón privado era espeso, cargado con el aroma de whisky caro y el leve humo de un cigarro que se consumía lentamente en un cenicero de cristal. Damián Echeverri estaba sentado en un sillón de cuero oscuro, con las piernas abiertas y los codos apoyados en las rodillas, como si estuviera cargando un peso que no se veía, pero que le doblaba la espalda. Frente a él, Amara Leclerc, impecable como siempre, con un vestido rojo que resaltaba su piel blanca, movía el pie con impacien