Las palabras pueden ser cadenas…
O pueden ser fuego.
Y las de Isadora, esa noche, ardían como antorchas.
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El sobre llegó a su destino gracias a un guardia de mantenimiento que ya no creía en el sistema. Harto de ver cómo internas eran “suicidadas”, cómo informes eran falsificados y cómo las sonrisas en la prensa escondían cadáveres emocionales, había aceptado entregar el mensaje a una casilla de metro en la ciudad.
Desde allí, el contenido fue recogido por un contacto de Elías. Un periodista