El día amaneció luminoso, con un cielo despejado que parecía augurar la magnitud de lo que estaba por ocurrir. En la ciudad, desde muy temprano, miles de personas comenzaron a congregarse frente a la mansión de los Condes, ahora reabierta bajo el nombre de Isadora Morel. Banderas blancas ondeaban, flores llenaban las manos de los niños, y los periodistas internacionales instalaban sus cámaras en cada esquina.
Dentro, Isadora se preparaba con calma. Vestía un traje sobrio, de tonos claros, que