Con la cabeza entre las piernas, no pudiendo dejar de llorar como lo había estado haciendo desde que vieron como a su amiga la inyectaban, su celular sonó. Todo su mundo estaba cayendo, de la misma manera en la que su mundo se hizo, ahora caía a sus pies.
—Habla Amelia de Marín, ¿en qué puedo ayudarle?
—Hola Amelia, ¿aún sigues dando el apellido de tu esposo a pesar de haber dicho que no lo querías más, cariño? —La voz de Facundo sonó del otro lado de la línea.
— ¿Qué quieres, Facundo? A