La casa en Wisconsin parecía sacada de una película americana: cerca blanca, jardín perfecto, y mentiras enterradas bajo cada tabla del piso.
Tres meses habían transcurrido desde que el avión de la CIA los había depositado en esta existencia fabricada, donde Diego Valentín Cortés había muerto oficialmente para convertirse en Steven Grant, consultor financiero de sonrisa ensayada y corbatas discretas. La transformación había sido meticulosa: documentos impecables, historial crediticio construido