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El juzgado federal estaba envuelto en una silenciosa solemnidad que parecía suspender el tiempo mismo. Las paredes de roble oscuro se elevaban como confesionario de Dios hecho arquitectura, con un techo tan alto que se perdía en la inmensa penumbra de un edificio que había juzgado incontables almas. Klaus Schneider permanecía de pie en el banquillo de los acusados, vistiendo traje oscuro que ya no p

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