Sanem miró su propio teléfono y lo apretó.
Por más que quería calmarse, ella no lo intentaba ni una vez, y decir que Kereem y ella ya tenían un mundo entre ellos, era quedarse corto.
Sus manos temblaron con fuerza y luego tiró el teléfono contra la pared viendo cómo se hizo añicos. Su impotencia crecía cada nada, y no le ayudaba la actitud de Kereem.
Ella salió de la habitación caminando muy rápido por el palacio y fue directo al punto que quería llegar.
El despacho presidencial estaba lleno de