No salió de la cocina; en cambio, se apoyó en la encimera y la observó mientras trabajaba. —Se te da bien —comentó.
—¿Cocinar? —preguntó ella, arqueando una ceja.
—Sí. Se siente... como en casa —dijo él, con la voz más baja.
Susan lo miró, sintiendo el peso de sus palabras entre ellos. —No cocinas mucho, ¿verdad?
—En realidad no —admitió él.
—Bueno, cocinarás mucho cuando llegue el bebé y empiece a comer sólidos —dijo ella, volteando el salteado en un plato. Se lo entregó con una sonrisa. —¿Qui