—Muy bien, señor encantador —dijo ella, rompiendo la tensión con una sonrisa—. Si ya terminaste de cautivarme, aún queda un fregadero lleno de platos por lavar.
—Sí, señora —dijo Samuel con un saludo burlón, aunque su sonrisa persistió mientras volvía a la tarea.
Mientras trabajaban codo con codo, la conversación amena se reanudó, y Caroline no pudo evitar pensar que tal vez, solo tal vez, Samuel tenía más encanto del que creía.
Una hora después, el apartamento por fin lucía presentable. Las en