Susan casi saltó de la silla de la rabia, con el corazón latiéndole con fuerza. Lo único que la mantenía firme eran las docenas de ojos en el restaurante que se volverían contra ella si armaba un escándalo. Aun así, cada fibra de su ser quería gritarle, extender la mano por encima de la mesa y borrarle esa sonrisa arrogante de la cara de una bofetada. ¿Estaba loco? ¿De verdad creía que ella le permitiría jugar con su vida de esa manera, sobre todo ahora que la policía probablemente la vigilaba