La mandíbula de Susan se tensó al mirarlo. —Bueno, yo también lo siento —murmuró con voz cortante—. Siento haber dejado que las cosas llegaran tan lejos.
Pasó a su lado, sacó su maleta del armario y metió la ropa a toda prisa. Leo la observó, con la ira aflorando al ver sus movimientos apresurados, casi desafiantes.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó, apretando los puños mientras la veía meter la ropa en la maleta sin siquiera mirarla.
—Voy a casa —respondió Susan con un tono falsamente dulce.
Una