La Isabela callada, tímida e inocente que todos conocían, había muerto.
Había sido asesinada el día de su coronación cuando le quitaron la poca fe que aun tenía en la humanidad. Nunca fui vengativa, despiadada ni mucho menos había odiado a alguien en mi vida.
Esa noche luego de llorar por horas y gritar hasta desgarrarme la garganta entendí que la única manera de acabar con todo eso era haciendo justicia. Yo era la reina de Dinamarca y se lo haría saber al mundo.
Cuando desperté en la mañana me