La cancha principal del Roland Garros estaba repleto cuando llegamos en el bus de la organización. No cabía un alfiler. -Empieza el Grand Slam-, me dijo Heather, también admirada, boquiabierta, viendo el gran despliegue de periodistas, público, policías y la música estridente retumbando en los parlantes. Yo estaba confundida también, con la quijada descolgada, viendo el alborozo que embargaba el recinto.
-¿A qué hora juego?-, le pregunté a Ashley. Me había puesto lentes oscuros, llevaba la vis