La Marea de los Rumores
La bodega abandonada, en el corazón de los bajos fondos, seguía siendo nuestro refugio en medio de la tormenta. La confesión de Silvio, el herrero, un hilo de verdad en un tapiz de mentiras, se había secado en un silencio que solo era roto por el crepitar de una pequeña fogata improvisada. Gonzalo se sentaba en un rincón, su rostro de piedra iluminado por las llamas. A su lado, Orlo, con la arrogancia hecha jirones, se había acurrucado sobre sí mismo, un noble perdido en