El Testimonio Inesperado
El clamor de la multitud en la Plaza del Mercado se acalló con la voz imponente de Isabel. Sus ojos, clavados en Silvio, exigían una confesión que legitimara su ascenso al trono y sepultara la verdad de Kaida. El herrero, pálido y tembloroso, era el peón de una Reina decidida a borrar cualquier rastro de su culpa.
—¡Herrero Silvio! —rugió Isabel, su voz penetrante, una sentencia en el aire—. ¡Confiesa tus crímenes! ¡Confiesa la verdad sobre la tejedora Kaida!
El silencio