El piso estaba lleno de papeles iguales a los que Juliana le dejó. Andrew llevó los cuadernos que ella no terminó de usar del estudio al dormitorio y pasó varios días escribiendo sin parar.
En ese momento, el tiempo dejó de existir.
Siran, entre lágrimas, le dijo:
—Juliana ni siquiera quiere verte. ¿De qué sirve llenar la casa con cartas de disculpa? Deberías decírselo en persona.
Andrew reflexionó y, aunque sabía que su madre tenía razón, estaba atrapado en su propio mundo. Con los ojos ro