La desesperación había destrozado por completo su cordura. Tras recibir una dirección muy vaga, esbozó una sonrisa y colgó. No fue ninguna sorpresa saber que lo habían estafado. Sin embargo, no investigó más; ya no le quedaban fuerzas.
A partir de ese día, las llamadas similares no cesaron. Todos afirmaban haber visto a Juliana en algún lugar y pedían una recompensa, muy alta. Sabía que muchos eran probablemente fraudes, pero aun así les enviaba dinero, aferrándose a la más mínima razón para