"Anabel"
Cuando me agarró el brazo usó tanta fuerza que sentí un dolor como si el hueso se fuera a partir en el lugar que apretó. Y no me soltó, ni aflojó su agarre. Le grité, pero no me soltó. Y mientras nos mirábamos como dos enemigos mortales, sentía todo el odio que sentía por mí ahí en ese apretón.
—Te vienes conmigo a casa, Anabel. Necesitamos hablar muy seriamente. —Leonel habló, pero sonó como una amenaza.
—¡No voy a ningún lado contigo! —Respondí. —Y suelta mi brazo, o te denuncio también por agresión y por desobedecer la orden del juez de que te mantengas lejos de mí.
—¡Ah, pero te estás sintiendo muy valiente! ¿Crees que puedes enfrentarme? ¡No puedes, Anabel! Soy tu padre y te voy a corregir, por las buenas o por las malas, vas a aprender a respetarme y a comportarte con dignidad. —Era mucha desfachatez la suya, venir a hablarme de dignidad.
—¡Tú no sabes lo que es dignidad, Leonel! —Le dije y entonces me acordé de algo que escuché en los últimos días y que era una gra