"Anabel"
Cuando me agarró el brazo usó tanta fuerza que sentí un dolor como si el hueso se fuera a partir en el lugar que apretó. Y no me soltó, ni aflojó su agarre. Le grité, pero no me soltó. Y mientras nos mirábamos como dos enemigos mortales, sentía todo el odio que sentía por mí ahí en ese apretón.
—Te vienes conmigo a casa, Anabel. Necesitamos hablar muy seriamente. —Leonel habló, pero sonó como una amenaza.
—¡No voy a ningún lado contigo! —Respondí. —Y suelta mi brazo, o te denuncio ta