Dios mío, cuando Alessandro y yo nos quedamos solos en la mesa, me sentí como una adolescente en esas fiestecitas de la escuela, esa que se queda sentada con el chico y no sabe qué decir. Estaba muy nerviosa.
— Escucha bien, Catarina, puede que estés enojada, pero eres mía y no voy a dejar que ningún hombre se acerque a lo que es mío. Que salgas de casa con ese pedazo de tela envuelto en el cuerpo, que deja más de lo necesario de ese cuerpecito tuyo expuesto, hasta lo puedo tolerar, pero bailar