Cillian
—¿Por qué vienes de la habitación de Constanza? —me recrimina mi madre cuando me la encuentro en el pasillo—. Cillian, ¿no se supone que estés en…?
—Me di de alta yo solo —le miento—. No te permito que me cuestiones.
—Claro que me lo vas a permitir. No me importa que seas el presidente, tampoco que fueras un rey; sigo siendo tu madre.
Aunque parte de mí la comprende y sabe que tiene razón, no puedo evitar odiarla. Ella jamás aceptará el amor que siento por Constanza, y menos aún lo que e