—Constanza, ¿qué estás haciendo? —le preguntó Cillian.
Constanza murmuró una maldición entre dientes, avergonzada de no haber sido lo suficientemente rápida. En los pocos días que no se habían visto, le había crecido un poco el vello y necesitaba quitárselo cuanto antes.
—Eh… solo estoy en el baño —mintió.
—No te creo, nena —rió Cillian, tratando de abrir la puerta—. ¿Por qué no me dices lo que te pasa?
—Son cosas de mujeres —masculló Constanza, tratando de darse prisa.
Pero lo único que consigu