Capítulo uno.

Cinco años antes...

                                                                                 

Susset balbucea algo que no entiendo mientras Boris le hace mil carantoñas y le entrega su juguete favorito.

—¡Eloín tiene otra mujer! – suelto como si fuera cualquier cosa y el nudo en mi garganta puja por asfixiarme.

—¿Qué has dicho Miggui? – mi amigo tiene los ojos tan abiertos que temo le caigan dentro de su mimosa.

—¡Lo que escuchaste Miggui! Mi esposo perfecto me es infiel con otra mujer que quizás es más joven y bella que yo – no resistí y me derrumbé, lloré como si en lugar de haberme puesto los cuernos éste se hubiese muerto.

—¡Oh, Miggui no llores! Esa mierda millonaria no sabe lo que perdió.

—¿Quéeee? ¿Perdió? Yo no lo dejaré, él – él… ¡yo lo amoooo!

Y lloré como la desgraciada más inútil  del mundo,  como si no hubiese mañana sin Eloín, o como si el tiempo se detuviera si no me mira más.

¡Soy una idiota!

Pero me duele.

Es como una daga en el pecho que ni te mata, ni te deja vida. Es como si un fuego te abrasara y ya no pudieras salir de el.

—Bien mi amor, ya cálmate no llores así, porque si vas a aguantarte los cuernos no debes estar horrenda, debes mantenerte divina – lo miré fijamente  a esos preciosos ojos marrón  chocolate y sonrió tierno. Mis lagrimas no dejaban de caer en su pecho mojando su camiseta.

 Boris es mi amigo de la infancia, es gay y desde tercer grado somos inseparables. Es un chico de piel blanca  y un metro ochenta, muy pero que muy atractivo y con un gusto exquisito para los hombres. Es tan hermoso que yo me siento fea a su lado y más en este momento que la depresión me arropa.

—¡No se que hacer Miggui! Quiero, quiero… ¡Llorar eternamente! o ¿Mejor me muero? ¡Ay no se que hacer! – mi amigo está asombrado y coloca la mano en su pecho, esta vez su boca se abre tanto que dificulto que pueda cerrarla.

—¡Cállate, cállate no quiero escucharte! ¿Quieres  hacer algo? – asiento mil veces, necesito distraerme — Entonces levanta tu lindo trasero y hazle un cambio de ropa a Susset que nos vamos de compras, a ver si cambias esa cara de tragedia cariño. ¡No la soporto! – puso los ojos en blanco y se  dirigió hacia el interior de su casa, dejándome atónita con mi hija en los brazos a la orilla de la piscina.

Compramos casi todo lo que había en el centro comercial: blusas, pantalones, faldas y chaquetas; junto a zapatos  deportivos, casuales y elegantes. Corbatas y mucha lencería femenina que según Boris, será  un “boom” cuando la luzca paseándome por toda la casa.

Luego entramos a una peluquería para que con mi nuevo guardarropa el cambio de look sea completo. Mi cabello pasó de castaño oscuro a un rubio oscuro con reflejos plateados muy finos que me devolvieron la juventud en un instante ¡Asombroso! Me siento diferente. Le di el biberón a Sussett mientras mi amigo hablaba alegremente por teléfono y reía a carcajadas con quien fuera.

—… estoy con una Miggui en la pelu de Rodi, acércate y nos acompañas con un café ¿Te parece? – el sr. Quien quiera que sea al parecer le respondió algo que le agradó ya que dio saltitos en su lugar.

—¡Su cuenta señora! – se acerca una chica preciosa con los ojos puestos en mi amigo.

 —¡Yo cancelo querida, gracias! – la chica se decepcionó al escucharlo hablar. Porque aunque Boris es todo un Adonis, sigue siendo gay.

Pagamos y encontramos un sitio precioso, un CaféBar al aire libre donde la decoración era estilo gótico: todo en tonos negro, rojo y azul. Con las sillas y mesas en hierro forjado y mucho virio.

—¡Boris, amigo mío! Ha pasado tiempo ¿Eh? – y apareció el sueño de toda mujer. Alto, tez canela y cuerpo de infarto; una melena rizada que brillaba como el sol aunque era oscura. Pero lo que me envió directamente a la lona fueron ese par de ojos color caramelo que acariciaron mi piel haciéndome arder en deseo.

Me sonrojé ¡lo sé! Fue instantáneo, el chico sonreía con su dentadura perfecta y yo moría de  la vergüenza porque tengo treinta y ocho años, para que me altere un muchacho de ¿veintiséis? Es una vergüenza porque ¡por Dios! Soy una anciana. Mi corazón late apresurado, las manos me sudan y mi frente perlada llama su atención, sabe por qué estoy así o lo intuye ¡Marta André, céntrate! Él te mira.

—¿Sucede algo linda? – sus ojos me miran curiosos y divertidos a la vez, y yo muero de vergüenza.

—¡Yoooo eeehhh! Nada es que ya se me hizo tarde y debo irme ¿Boris? – mi amigo me observa con una ceja levantada y no se como decirle que debo irme o mejor dicho ¡quiero!

—¡Miggui, Carlos no te morderá! A menos que lo desees ¡claro está! – me arde el rostro, voy a quedar sola en el mundo porque Boris morirá hoy.

—¡Déjala Boris por favor! Mira lo hermosa que se ve toda colorada pero, tiene mucha vergüenza – Carlos me observaba con ternura.

¿Cómo se siente mal una porque le ponen cuernos con este hombre mirándola  así? ¡Jesús! Me siento bella.

Me relajé, pasamos la tarde entre risas coqueteos y conversaciones amenas (de adultos por supuesto). A las seis de la tarde llegué a casa con un paquetero inmenso, Susset dormida y una cara de tonta que ni lo cuento.  Mi esposo infiel se encuentra de viaje por negocios y esta semana duermo solita y soñando con el bombón de Carlos.

Yo Martha André,  pensé realmente que podría vivir con la doble vida de mi … idiota marido. Intenté ignorar los mensajes y las salidas, la discapacidad sexual y los ronquidos entorno a las noches que llegaba borracho. La chica en cuestión se llama Madeleine y tiene veintitrés años. No la culpo de nada – bueno quizás de tirarlo un poco, si – ese degenerado le dijo que yo era una vieja…

Lo intenté ¡lo juro!

Pero… ¿adivinen qué? No pude con la infidelidad del mequetrefe de mi esposo y menos cuando la susodicha decidió llamar a la casa a altas horas de la noche y con un tonito que ¡me la sacó a pasear nenes! ¿Qué se ha creído esa igualada?

El vaporon que se prendió fue de espanto y brinco como solía decir mi abuela que en paz descanse. Le saqué los trapitos a la calle – literalmente – y le grité sus verdades ¡hasta que la tenía chiquita! Los vecinos asombrados, se reunieron y solo miraban el espectáculo que tenían de frente. Un Eloín haciéndose la víctima y yo, que nunca he sido nada discreta: lanzándole los zapatos al aire y hasta los calzones; eso, después que le di en la cabeza con un caldero y le pateé los cojones con mis nuevos zapatos marca Prada. El escándalo se extendió como dos horas más hasta que llegó la policía y la vecindad arpía y desgraciada me acusara de agresión, violencia doméstica, alcoholismo y alteración del orden púbico.

¿Y saben qué?

La vecinita de dos casas después fue uno de los testigos que hundió el dedo en mi llaga para que me esposaran y llevaran detenida a un calabozo.

¡También se la cogía a ella, la muy zorra!

Me fui a la comisaría con mi hermoso vestido azul de la línea exclusiva de verano de Versache y mis zapatos rojos de Prada. Allí me esperó el abogaducho de quinta que contraté y al cual le mantuve el embarazo de la mujer para que me sacara de la cárcel pagando una fianza millonaria y borrar cualquier expediente negativo. Con mi llanto a flor de piel y mi mejor amigo me fui a la casa, ya no había rastro de ropa, ni de mi marido. Susset aun dormía en los brazos de Boris que lo adoro y bueno... yo quería beber hasta morir. Desde entonces mi vida fue un asco de frustración y miseria personal. 

Tres meses  después firmamos el divorcio, me quedé con la mitad de todo más mis negocios clandestinos que fueron las salas de belleza con los Spa, pero me desalojó de mi casa porque según él era herencia de su madre ¡ja y la vieja estaba loca por salir de ese pendejo! Pero ese desgraciado tenía un as bajo la manga y con dinero y maña, me quitó a mi hija, mi Susset que la quiero conmigo y ahora solo la veo dos domingos al mes y hoy es uno de ellos…

—¡Oh por Dios! – fué lo que grité cuando Carlos me hizo alcanzar un fabuloso orgasmo, después de haber tenido una tarde fascinante entre sexo y caricias.

—¿Todo bien muñeca? – asentí extasiada.

—Ya me llevaste al cielo amor, ahora llévame a casa, que mi madre debe estar por llegar con Susset – acaricié su torso y lo besé disfrutando de sus labios gruesos y carnosos.

—¡Sus deseos son ordenes para mi bella dama! – me besó nuevamente y mi sexo vibró, pero  no le di importancia porque se hacia tarde y quedaría a medias.

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