Salí del hospital corriendo, incapaz de soportar las paredes que parecían cerrarse sobre mí. La lluvia de París había vuelto, fina y fría, empapándome el cabello y mezclándose con las lágrimas que no podía detener. No pensé. Mis pies me llevaron por puro instinto hacia el único lugar donde sabía que no tendría que ser la "primogénita perfecta" ni la defensora del apellido Russo.
Llegué al apartamento y abrí la puerta con brusquedad. El lugar estaba en silencio. Spencer no estaba en la sala; pro