7. El amanecer...

Capítulo 7. El Amanecer de la Realidad

Victoria cerró los ojos, sintiéndose por primera vez segura en la "boca del lobo".

El calor del cuerpo de Sebastián y la promesa en su voz eran más fuertes que cualquier miedo al escándalo. Sabía que lo que hizo esta noche no tenía marcha atrás... esto era solo el inicio de una guerra que sacudiría los cimientos de su sociedad, de todo su mundo... era consciente de que podría afectar a sus abuelos más de lo que nunca imaginó, pero con Sebastián a su lado, con el hombre que algunos como su ex llamaban inútil y defectuoso, y que ella había comprobado no eras real, estaba dispuesta a quemar Londres entero si fuera necesario para mantener este fuego encendido en su interior.

- Una vez más pequeña – susurró por tercera vez Nicolas. Ella había perdido el control de su cuerpo, y solo asintió por inercia, dejándose llevar por los placeres de la seducción...

Al amanecer.

La luz de la mañana se filtraba por las pesadas cortinas de terciopelo, dibujando líneas de polvo dorado en el aire que flotaban suspendidas, como si el tiempo mismo se negara a avanzar en aquella habitación.

Victoria despertó con el peso de las sábanas de seda sobre su piel y una punzada sorda en las sienes, producto del exceso de brandy de la noche anterior.

El tacto del tejido era extrañamente frío comparado con el calor que recordaba haber sentido apenas unas horas atrás.

Por un segundo, el pánico la sujetó, haciéndole sentir un vacío en el estómago que le robó el aliento...

¿Dónde estaba? Y ¿Qué había hecho allí?

Pero entonces, el aroma a sándalo y tabaco la envolvió, un perfume que ya se había filtrado en sus propios poros, y los recuerdos de las manos de Sebastián sobre su cuerpo regresaron como una marea de lava ardiente.

Cada beso, cada palabra susurrada en la oscuridad y la sensación de su virilidad reclamándola con una fuerza que desmentía siglos de etiqueta, golpearon su mente con una claridad cegadora.

Se incorporó con lentitud, sintiendo los músculos de su cuerpo protestar por una actividad a la que no estaban acostumbrados, descubriendo su desnudez, sonrojándose de la vergüenza... ella cubrió su pecho con la sábana de seda que estaba a su lado, y fue en ese momento cuando lo vio.

Sebastián estaba de pie frente a un gran ventanal, ya estaba vestido. Al menos una parte de su cuerpo lo estaba, tenía una camisa de lino blanco impecable y unos calzoncillos oscuros que moldeaban su trasero de una manera infernal.

Podía ver sus piernas fuertes y desnudas brillando por la luz del sol. Su postura era rígida, con las manos entrelazadas a la espalda, recortando una silueta imponente contra la claridad del día.

Sebastian parecía una estatua de mármol contemplando sus dominios, un señor feudal observándolo todo desde su fortaleza. Al oírla despertarse, se giró con una lentitud deliberada.

Sus ojos grises no tenían rastro de sueño, estaban afilados, conscientes, y poseían una claridad metálica que parecía leer cada uno de los temores que cruzaban por la mente de Victoria en aquel momento.

- Buenos días, mi lady – le dijo él, su voz aún cargada con la aspereza de la noche, con una nota grave que hizo que el vello de la nuca de Victoria se erizara por completo.

- El café está servido en la mesa, pero sospecho que tienes preguntas que no se resuelven con una simple taza de café –

Victoria se apartó un mechón de cabello de la cara, tratando de mantener la dignidad a pesar de su posición y del desorden de sus rizos sobre la almohada.

La vulnerabilidad de su desnudez contrastaba con la pulcritud de él, lo que la hacía sentirse aún más a merced de este hombre misterioso.

- Dijiste que no me dejarías ir "otra vez" – le soltó ella, yendo directo al grano, sin permitirse el lujo de las cortesías matutinas.

 Lo había escuchado demasiado bien en la noche, pero no quiso preguntar... ahora debía hacerlo, lo necesitaba.

- Te escuche decirlo anoche... en el auto, cuando creías que el alcohol me había borrado el juicio. ¿A qué te referías con eso, Sebastián? No nos conocíamos más que por saludos formales en alguna de las reuniones de sociedad. Éramos extraños unidos solo por un amigo en común... Julián – al pronunciar el nombre de su prometido sintió una arcada de asco y dolor.

Sebastián dejó la taza con café sobre un aparador de caoba y caminó hacia la cama con pasos felinos y silenciosos. Se sentó en el borde, lo suficientemente cerca para que ella sintiera su calor irradiando a través de la camisa de lino, pero manteniendo una distancia respetuosa que ella agradeció en el interior.

Guardó silencio un momento, como si estuviera decidiendo cuánto de su alma revelar, cuánto de su cuidadosa fachada estaba dispuesto a derribar ahora que ya la había tenido en sus brazos.

- Fue hace dos años cariño, en el baile organizado por los Somer – empezó él, su mirada perdiéndose en el pasado, como si estuviera viendo la escena proyectada en las paredes de esa habitación.

- Llevabas un vestido blanco, ridículamente inocente para la llama que escondías en tus ojos. Te vi en la terraza, escapando de un pretendiente aburrido que intentaba impresionarte con sus dotes de orador. Te reías sola, mirando la luna, y por un segundo, juré que el mundo se había detenido. Que todo el ruido del salón, la música y las risas falsas habían desaparecido gracias a ti –

Victoria frunció el ceño, buscando en su memoria aquella reunión.

De pronto ella recordó esa noche, el aire fresco de la terraza y la sensación de libertad lejos de los ojos de su abuelo, pero no recordaba haberlo visto a él. Para ella, Sebastián había sido siempre una figura lejana, casi mítica por su supuesta frialdad.

- Yo estaba en las sombras, como siempre lo estoy – continuó él con una sonrisa amarga que no llegó a sus ojos.

- Planeaba acercarme, invitarte a bailar, marcar mi territorio antes de que los lobos de la sociedad se dieran cuenta de lo que eras. Pero Julián llegó primero. Mi "querido y buen amigo Julián" se interpuso con su charlatanería barata y esa sonrisa fácil que siempre consigue lo que quiere – recordó él con algo de dolor.

- Y luego, mi padre murió esa misma semana. Tuve que irme a Escocia a arreglar el desastre financiero que dejó, las deudas de juego para recuperar “el honor de mi apellido”. Para cuando volví, Julián ya había anunciado vuestro compromiso. El mundo ya te había etiquetado como parte de su propiedad –

- Podrías haber dicho algo... – susurró Victoria, conmovida por la confesión.

La idea de que este hombre poderoso la hubiera deseado en silencio mientras ella se preparaba para una vida de miseria con Julián le resultaba abrumadora.

- ¿Y qué iba a decir? ¿Qué Sebastian de Villagarcia, el hombre que todos creen que es un eunuco sin sangre en las venas, estaba obsesionado con la prometida de su mejor amigo? –

Sebastián se acercó un poco más, extendiendo una mano para tomar un mechón de los cabellos de ella entre sus dedos, acariciándolo con una reverencia casi religiosa.

- Dejé que el rumor de mi impotencia corriera como pólvora. Me convenía que Julián se sintiera superior, que se confiara y hablara de más. Sabía que un hombre como él, movido solo por su ego y su lujuria, tarde o temprano tropezaría. Solo tenía que esperar a que te dieras cuenta de la clase de basura que estaba a tu lado – hizo un pausa, no estaba seguro si debía continuar... podría causar un efecto contrario insultar de esa manera a Julián.

Pero la mirada de asco y decepción de Victoria lo alentó a seguir.

- Sabía que su propia estupidez lo llevaría al desastre y terminaría perdiéndote... y no me equivoque –

Victoria sintió un escalofrío que le recorrió la espina dorsal. La paciencia de este hombre parecía aterradora, una cualidad de cazador que acecha a su presa durante estaciones enteras sin hacer un solo ruido.

- ¿Me has estado observando durante dos años... esperando que él me traicionara? – le preguntó ella algo confundida, tratando de asimilar la magnitud de esa obsesión.

Dándose cuenta de que eligió bien... Victoria no había sido un capricho de una noche de copas... ella parecía haber sido un plan ejecutado con precisión.

Pero no todo calzaba como debía... estaba Sofia, su gran amiga. Ella no parecía estar con Julián por primera vez esa noche, ellos parecían amantes de años. Victoria movió la cabeza, alejando esas sospechas de ella, aunque era prácticamente imposible.

- Eso nunca mi vida... yo solo he estado esperando que fueras libre – la corrigió él, aclarando su confusión.

Su voz se volvía cada vez más peligrosa, bajando a un tono que vibraba en el pecho de Victoria.

- Pero anoche, cuando entraste en esa habitación y viste lo que viste, supe que mi espera había terminado. No te traje aquí solo para vengarte de él, Victoria. Te traje porque ahora que te he tenido entre estas sábanas, ahora que... – se detuvo un segundo...

- Ahora que he probado tu sabor y sé cómo tiemblas bajo mi toque, no hay fuerza en Inglaterra que me obligue a entregarte de nuevo a ese imbécil. No permitiré que vuelvas a un hombre que no sabe distinguir entre un diamante y una piedra de río –

El momento fue interrumpido por el sonido de un auto entrando en la propiedad... luego un golpe seco en la puerta principal, un sonido que resonó por toda la estructura, seguido por voces alteradas y gritos que subían desde el vestíbulo.

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