Mundo ficciónIniciar sesiónCapítulo 8. Eres cazador o una presa... tu decides.
Victoria se tensó, aferrando la sábana contra su cuerpo como si fuera una armadura, sintiendo que el mundo real golpeaba las puertas de ese lugar que había servido de refugio de pecado la noche anterior.
- Es él... – le dijo a Sebastián asustada.
- Lo sé... – le respondió él, poniéndose de pie con una calma gélida que resultaba casi inhumana dada la situación.
- Julián está abajo. Ha venido a pedirme ayuda para encontrar a su prometida. Debe pensar que has "desaparecido" de la fiesta de compromiso por que quizás sabes algo que no deberías saber... – ella abrió los ojos sorprendida.
- ¿Por qué te buscaría a ti? – él sonrió.
- Viene buscando mi consejo, mi dinero o quizás solo un lugar donde esconder su vergüenza... ¿quién sabe? Quizás solo esta acá por un poco de consuelo –
Victoria sintió que el corazón se le salía del pecho, martilleando con tal fuerza que le dolía.
Si Julián subía por esas escaleras y la encontraba allí, en la cama de su mejor amigo, con el cabello enredado y el aroma del sexo aún respirable en el aire, su reputación estaría muerta antes del mediodía.
Sería el fin de su familia, de sus abuelos, de su futuro, de todo... incluso el fin del propio Sebastian de Villagarcia.
- Quédate aquí y no hagas ruido – le ordenó Sebastián, caminando hacia la puerta.
Ella miró la forma como estaba vestido, él solo sonrió. Se detuvo un instante para ponerse sus pantalones antes de salir, mirándola por encima del hombro con una expresión de triunfo que la dejó sin aliento.
- Voy a disfrutar viendo cómo se desmorona ese traidor, viendo cómo busca respuestas en el único hombre que ya se lo ha quitado todo. Voy a disfrutar de su ignorancia mientras tú, el premio que cree haber perdido por un descuido, estás escondida en mi cama, marcada por mí –
Victoria cerró los ojos en ese momento.
- ¿Qué hice? – se preguntó mientras veía la puerta cerrarse detrás de él.
Quería vengarse de Julián, quería que pruebe lo que se siente ser traicionado por su prometida, pero no esperó ayudar a Sebastian en una venganza personal... y ahora se sentía extraña.
Al verlo salir de la habitación, sintió como la puerta era cerrada con llave desde fuera, un clic metálico que sonó como una sentencia.
Victoria se quedó sola en el silencio de la habitación, atrapada entre la seda negra y el pavor. Escuchando el eco de los gritos de Julián que subían por la escalera, voces llenas de una falsa preocupación que ahora le resultaba repulsiva...
- ¿Acaso me he convertido en una prisionera de este Dios? – se preguntó mientras intentaba buscar su ropa para vestirse, pero era imposible. Su vestido de color esmeralda estaba destrozado en el suelo.
El juego había subido de nivel, las piezas se movían con una violencia que ella apenas empezaba a comprender. Ya no era solo una novia despechada buscando venganza y consuelo... ella se había convertido en el trofeo secreto de un hombre silencioso, en el centro de una guerra entre dos supuestos amigos que en realidad parecía que se odiaban, y ella, por primera vez, se sintió perdida... sabiendo solo que estaba en el bando del cazador más despiadado y estratega.
- ¡Sebastián! ¡Sé que estás aquí, maldito sea! ¡Abre la puerta! – la voz de Julián estaba cargada de una desesperación que Victoria reconoció de inmediato.
Ella contuvo el aliento, con el corazón martilleando contra sus costillas con tanta fuerza que temió que Julián pudiera oírlo desde el otro lado del pasillo.
La joven De Souza se deslizó afuera de la cama, sus pies descalzos hundiéndose en la alfombra persa, buscando desesperadamente algo con qué cubrirse.
Sus ojos verdes, empañados por el pánico, se posaron en los restos de ropa que Sebastian había llevado puesta la noche anterior... tomó la camisa en sus manos, los botones estaban rotos. No recordaba en qué momento pasó, pero su rostro se tiño de la vergüenza.
Con manos temblorosas comenzó a vestirse, mientras escondía debajo de la cama los restos de su vestido destrozado por Sebastian. El encaje estaba desgarrado, la seda abierta como una herida... era el cadáver de su inocencia victoriana, un recordatorio inservible de la mujer que había entrado en ese auto hacía apenas unas horas atrás.
- Sebastián, por el amor de Dios, ayúdame – continuó Julián, ahora más cerca, justo al otro lado de la madera tallada.
Victoria se pegó a la puerta, su piel caliente presionando contra el roble frío. Podía oír la respiración agitada de su prometido, incluso podía sentir el olor a alcohol y sudor frío que parecía traspasar las rendijas.
Estaba tan cerca que, si la puerta no tuviera llave, él solo tendría que empujar para encontrarla allí, marcada por las manos de su mejor amigo, con los labios hinchados y los ojos llenos de una verdad que destruiría el apellido Sevilla para siempre.
De repente, una segunda voz, profunda, calmada y tan afilada como un bisturí, cortó el aire del pasillo.
- Estás haciendo demasiado ruido, Julián. Mis criados están intentando descansar –
Era la voz calmada de Sebastián.
Victoria cerró los ojos, imaginando la figura imponente de su salvador frente a la de su prometido. Podía visualizar la mirada gris de Sebastián, desprovista de cualquier rastro de la pasión salvaje que le había mostrado en la cama, convertida ahora en una máscara de indiferencia aristocrática.
- Tienes que ayudarme Sebastian... Victoria... ella ¡se ha ido! ¡Victoria se ha ido! – exclamó Julián, y Victoria pudo oír el sonido de algo golpeando la pared, probablemente Julián derrumbándose por el agotamiento.
- Estábamos en la fiesta, la dejé un segundo... un maldito segundo para hablar con unos contactos, y cuando volví, nadie sabía nada de ella. Sus abuelos están llamando a la policía, dicen que alguien la vio subir a un coche negro. ¡Tienes que usar tus contactos! ¡Nadie mueve un dedo en esta ciudad sin que tú lo sepas primero! –
Victoria sintió una náusea violenta.
“Un segundo para hablar con unos contactos", repitió en su mente con amargura.
Julián mentía incluso en su desesperación. Parecía estar preocupado por ella, pero no decía la verdad... ni siquiera mencionó a Sofía, tampoco mencionó el sexo rápido y sucio en ese cuarto de descanso habilitado por los Villegas.
Él seguía siendo el protagonista de su propia tragedia, el novio preocupado, mientras ella era tratada como un objeto extraviado.
- Un coche negro, ¿dices? – la voz de Sebastián arrastraba las palabras con una ironía que solo Victoria podía comprender.
- Qué falta de originalidad. Quizás simplemente se cansó de esperar a un hombre que no sabe cuidar lo que tiene Julián –
- ¡No digas estupideces Sebastian! Ella me ama. Victoria es solo una niña, no sabe nada del mundo. Alguien tiene que haberla engañado... se la llevaron, estoy seguro. Algún degenerado queriendo aprovechase de su ingenuidad –
Un silencio pesado cayó en el pasillo. Victoria, detrás de la puerta, sintió que el aire se espesaba.
Sabía que Sebastián estaba disfrutando cada segundo. La imagen del "hombre incompleto" siendo consultado por el "macho alfa" derrotado era la cima de la humillación que Sebastián había planeado durante años.
- Vamos abajo Julián... no es bueno que sigas haciendo escandalo aquí. Sabes que utilizo esta propiedad cuando necesito un poco de paz y desde que llegaste es lo único que no he sentido –
- No quiero calmarme... no te das cuenta. ¡Victoria no está! – rugió con fuerza.
- Estas borracho Julián y sinceramente hueles a burdel barato –
- Tu... –
- ¿Qué pasa, acaso no es así...? – le pregunta con seriedad.
- ¿Dices que tú prometida se fue anoche en un auto extraño y recién me vienes a buscar hoy? –
- Yo... – Julián retrocedió un paso.
- ¿Dónde has estado amigo... o debería preguntarte con quién? –
- Yo... – volvió a titubear... no sabía que responder.
- Vamos te daré un coñac y pondré a mi jefe de seguridad a investigar – le dijo Sebastián.
Sus pasos comenzaron a alejarse, arrastrando a Julián con él.
- Pero no esperes milagros. A veces, cuando una mujer decide desaparecer de la vida de un hombre, es porque ha encontrado un refugio mucho más... satisfactorio –
- No digas estupideces... Victoria nunca me dejaría asi –
Las voces se desvanecieron mientras bajaban las escaleras, dejando a Victoria sumida en un silencio sepulcral.
Se alejó de la puerta, temblando. La adrenalina estaba desapareciendo, dejando paso a una claridad brutal. Estaba atrapada. Sebastián la había encerrado para protegerla, sí, pero también para poseerla.
Había escuchado a Julián pedir ayuda al hombre que le estaba robando a su mujer en ese mismo instante, y por primera vez, Victoria sintió que ella no era más que el tablero donde estos dos hombres jugaban una partida de odio.
Caminó hacia el gran ventanal. Afuera, la propiedad de campo de Sebastián se extendía bajo la luna como un reino sombrío. No había escapatoria. No tenía ropa, no tenía dinero, y su reputación estaba pendiendo de un hilo que Sebastián sostenía entre sus dedos.
De repente sus ojos captaron algo sobre el escritorio de caoba de Sebastian... era un sobre de color crema, con el sello de su familia, los De Souza.
Con manos temblorosas, lo abrió.
Sus ojos se agrandaron al leer las líneas escritas con la caligrafía rígida de su abuelo. No era una carta de preocupación por su desaparición. Era una instrucción enviada a Sebastián unos días atrás... y por la fecha fue enviada justo antes de la fiesta de compromiso.
- ¿Qué es esto? – susurró alarmada.
En la residencia De Souza los abuelo de Victoria ya estaban sentados en la mesa cuando un documento les llegó...
- Es un mensaje de la señorita Victoria – le dijo el mayordomo.
El abuelo de la jovencita asintió. Pero lo dejó a un lado... nunca mezclaban la comida con los negocios, y menos con los problemas... su nieta no había vuelto a casa la noche anterior y ellos imaginaban que el plan que habían trazado debía estar siendo ejecutado a la perfección.
Victoria encerrada en la habitación seguía mirando el contenido del sobre... con incredulidad.
** Estimado Sebastián, cumpliendo con el acuerdo privado y dada la incapacidad de los Sevilla para asegurar el patrimonio de nuestra nieta, confiamos en que sabrás tomar las medidas necesarias para con Victoria llegada la fecha... **
Victoria dejó caer el papel de sus manos como si le quemara.







