6. La segunda...

Capítulo 6. La segunda vez siempre es mejor.

Victoria sintió el peso de su cuerpo sobre el suyo, una solidez que la anclaba a la realidad mientras su mente seguía nublada por el vapor del licor y el deseo.

 Julián su prometido nunca la había tocado, con ese cliché de respeto solo la había rosado con una delicadeza que ella creía caballerosidad, pero que ahora, bajo las manos expertas de Sebastián, comprendía que era simple desinterés.

Una cortesía mecánica que nunca buscó encender su pasión.

Sebastián, en cambio, la tocaba como si estuviera reclamando un territorio conquistado tras una larga y amarga guerra. Sus dedos, largos y calientes, trazaban mapas de fuego sobre su vientre, deteniéndose en cada curva, en cada estremecimiento de su piel.

- Tus ojos... – susurró él, su voz vibrando contra el pecho de Victoria con la fuerza de un trueno lejano.

- En la oscuridad no son completamente verdes señorita De Souza, son como el fondo de un lago donde un hombre podría ahogarse con gusto en ellos. Un lago que he querido explorar desde el primer día que te vi del brazo de ese idiota – le susurró, bajando la cabeza hacia su pecho, capturando un pezón a través del fino encaje de su corsé, que apenas servía ya de barrera.

Victoria arqueó la espalda, soltando un gemido que rompió el silencio de la mansión. Fue un sonido que nunca pensó que saldría de su garganta... agudo, necesitado, absolutamente impuro.

El contraste era brutal y excitante entre la barba incipiente de él rozando su piel de porcelana, áspera y masculina, y la lengua experta trazando círculos de fuego que la hacían suplicar por algo que ni siquiera sabía nombrar.

- Dilo... – jadeó ella, enredando sus dedos en el cabello oscuro de Sebastián, tirando de él para obligarlo a subir la presión.

- Dime que Julián es un cobarde. Dime que tu eres el único que puede hacerme sentir algo así. Que todo lo que me enseñaron sobre el recato y la pureza es una mentira para mantenerme dormida esperando que alguien como él me pusiera unos cuernos sobre la cabeza –

Sebastián se detuvo un segundo, alzando la vista.

Sus ojos grises estaban cargados de una posesividad oscura, una mirada que habría escandalizado a cualquier matrona de la corte en un tiempo pasado, pero que a Victoria la hacía sentir más viva que nunca.

- Julián no existe en esta habitación, Victoria. Fuera de estos muros, el mundo puede seguir girando sobre sus mentiras, pero aquí adentro, el tiempo se ha detenido solo para nosotros dos – ella comprendió lo que él le quería decir.

En ese lugar y con ese hombre todo era prohibido, y ella estaba disfrutando de eso a su máximo esplendor.

- A partir de este momento, cada centímetro de tu piel me pertenece. Él nunca sabrá lo que se perdió, porque nunca fue hombre suficiente para tomarlo. Nunca supo que bajo estos trajes de seda color esmeralda se escondía un volcán a punto de erupción –

Con un movimiento fluido y carente de cualquier duda, él terminó de despojarla de esa última prenda que le quedaba, rasgando el delicado encaje que se interponía entre sus labios y esos pezones completamente erectos, completamente rendidos ante él.

Victoria se sintió expuesta, desnuda ante la mirada de un hombre que se suponía que era su enemigo social, pero se sintió extrañamente poderosa. Al ver la reacción de Sebastián ante su desnudez... en el auto no la pudo ver así, pero ahora ella estaba sobre esa cama. Sobre la cama que ocupaba él cada vez que quería alejarse de la sociedad...

La forma en que su mandíbula se tensaba hasta el dolor, la manera en que sus pupilas se dilataban hasta devorar el iris y cómo su respiración se volvía un rugido contenido.

En ese momento ella supo que tenía el control de ese "monstruo" que Julián tanto temía.

Victoria exploró con sus manos los hombros de Sebastián, maravillándose con la textura de su piel y la dureza de los músculos que se contraían bajo su toque. Era una danza prohibida, un descubrimiento de lo que significaba ser hombre y mujer sin las ataduras de los contratos matrimoniales.

Sebastián comenzó a besar el camino hacia su ombligo, dejando una estela de calor que hacía que las piernas de Victoria se abrieran por instinto, buscando el alivio que solo él podía darle.

Sebastián se posicionó entre sus muslos, separándolos con una firmeza que no admitía réplica.

El contacto de su virilidad contra la intimidad de Victoria la hizo sollozar de alivio. No había rastro de la supuesta "impotencia", no la hubo en el auto y tampoco en esa habitación.

Su miembro se había convertido en una presencia abrumadora, cálida y pulsante que exigía volver a entrar, una fuerza que desmentía años de rumores malintencionados.

Victoria se dio cuenta de que Julián no solo le había mentido sobre su fidelidad, sino que le había ocultado la existencia de un fuego que ahora amenazaba con consumirla...

Sebastian la penetró con una lentitud tortuosa, saboreando cada centímetro de su resistencia y su entrega, dejando que ella se volviera a acostumbrar a su tamaño y a su calor. Victoria ahogó un grito en el hombro de él, clavando sus uñas en los músculos de su espalda, marcándolo con la misma intensidad con la que él la marcaba a ella.

Esta vez no hubo dolor inicial, solo una molestia breve que fue barrida de inmediato por una ola de placer tan intensa que le hizo perder el sentido del tiempo y el espacio.

Era una invasión bienvenida, un llenado de su alma que la hacía sentir completa por primera... no por segunda vez.

- Mírame – le ordenó él, su voz rota por el esfuerzo de no perder el control, por no devorarla por completo en ese mismo instante.

- Quiero que veas quién te está poseyendo Victoria. Quiero que cuando cierres los ojos, sea mi rostro el que veas para siempre –

Victoria abrió los ojos sorprendida al oírlo.

En la mirada de Sebastián encontró una verdad que ninguna norma de ética podía contener. No era solo sexo... era una rebelión contra cada baile aburrido, cada conversación hipócrita y cada cadena que la sociedad le había impuesto.

Cada embestida era un insulto a Julián, una bofetada a la sociedad victoriana que estaba a punto de desaparecer, pero que algunos como sus abuelos querían mantener con vida... cada envestida era una promesa de que nada volvería a ser igual.

El placer se intensificaba con cada movimiento, una fricción que generaba chispas en su vientre y la hacía jadear el nombre de él como si fuera una oración.

- Sebastian... – comenzó a susurrar.

- Dime que te gusta Victoria... dime que quieres más –

- Me gusta, sí. Claro que me gusta – respondió ella sin pensar.

El ritmo aumentó, volviéndose frenético, salvaje.

El sonido de sus cuerpos encontrándose en la oscuridad y la respiración entrecortada llenaron la habitación, compitiendo solo con el viento que soplaba afuera.

Victoria se sintió ascender, arrastrada por un torbellino de sensaciones que nunca imaginó posible, envuelta por un espiral de éxtasis que la alejaba de la Tierra a cada segundo.

Cuando el clímax la alcanzó, fue como una explosión de luz verde tras sus parpados cerrados, un colapso de todos sus sentidos en un solo punto de placer puro... esta vez fue mucho mejor que la anterior... Sebastián la siguió poco después, rugiendo su nombre contra su cuello con una voz que parecía venir de lo más profundo de su pecho, mientras se vaciaba dentro de ella con una fuerza que parecía querer unir sus almas para siempre, sellando un pacto de sangre y deseo.

- Eres adorable Victoria – se pudo escuchar entre los gemidos.

- Y tú eres mío Sebastian –

Minutos después, el silencio regresó a la habitación, solo interrumpido por el crepitar de la madera en la chimenea y el latido acompasado de dos corazones que habían encontrado su propio ritmo.

Sebastián no se apartó de su lado, al contrario... la mantuvo abrazada, hundiendo su rostro en la curva de su cuello, protegiéndola con su cuerpo masivo como si el mundo exterior fuera una amenaza que él pudiera detener solo con su presencia.

Victoria apoyó la cabeza en su pecho, escuchando el latido errático de su corazón que poco a poco volvía a la normalidad.

El alcohol se estaba evaporando de su sistema, dejando paso a una peligrosa lucidez, a la conciencia de que acababa de cruzar un puente que ya no existía a sus espaldas.

- Mañana – susurró ella, su voz apenas un hilo que temblaba en la penumbra.

- Mañana el mundo querrá colgarme por esto. Las amigas de mi abuela susurrarán mi nombre con asco y quizás mi abuelo... – no pudo continuar.

- ...él seguramente no querrá verme jamás – esta última frase se quedó en su mente. Victoria no la llegó a pronunciar.

Sebastián tomó su barbilla, obligándola a mirarlo con esos ojos grises que ahora estaban tranquilos pero cargados de una determinación férrea.

- Mañana, pequeña, el mundo tendrá que pasar por encima de mi cadáver para tocarte un solo cabello. No eres una paria Victoria, ahora eres mía y yo te pertenezco también... Julián cometió el error de dejarte ir, de no valorar el tesoro que tenía frente a él, y yo no pienso cometer el mismo error dos veces. Si Londres quiere una guerra por tu honor, les daré una batalla que nunca olvidarán –

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