Mundo ficciónIniciar sesiónCapítulo 5. El Despertar en la Boca del Lobo.
El auto se detuvo con un chirrido de grava frente a una propiedad que Victoria no reconoció...
No era la residencia oficial de los Villagarcia en el centro de Londres, sino esa villa a la que él ordenó que los llevaran. Un lugar apartado, rodeado de altos muros y árboles que susurraban secretos bajo la luna.
Era un lugar diseñado para el pecado, la discreción, y el deseo... un refugio de piedra y hiedra donde el juicio del mundo exterior nunca podría penetrar.
- Hemos llegado señorita De Souza... ¿Estas dispuesta a seguir con esto... esta es la última concesión que voy a hacer por ti? – le preguntó antes de abrir la puerta para bajar.
El placer todavía estaba tatuado en el rostro de Victoria.
Sebastian la miraba fijamente, dándole una última oportunidad de echarse para atrás, aunque sus propios ojos traicionaban su pregunta con un hambre voraz.
Ese hombre ya la había hecho suya, y aun asi le daba la oportunidad de escapar... pero la verdadera pregunta era...
¿Quería ella escapar?
La respuesta estaba más que clara... ella no pensaba escapar. Victoria quería mucho más... esa sensación de plenitud y fuego que nunca antes había experimentado la poseía... y quería más, algo que no dejaría pasar.
- No voy a echarme para atrás señor Villagarcia – le respondió cegada por el deseo, con una firmeza que sorprendió incluso al propio Sebastián.
- Entonces deja de llamarme asi cariño – le dijo él.
El corsé estaba sobre puesto, las tiras solo sostenían una mínima parte de él, permitiendo que el aire frío de la noche acariciara la piel que él acababa de encender.
Sebastián bajó primero, mientras ella intentaba arreglar su atuendo. Su figura, alta y dominante, recortaba una silueta imponente contra la luz de los faros de su auto. Sin esperar a que alguno de sus empleados se acercara se dio la vuelta y abrió la puerta donde estaba ella, extendiendo su mano hacia Victoria.
Ella, con el cabello ligeramente alborotado y el vestido desajustado y cubierto por una manta que él mismo le colocó unos segundos antes de bajar, aceptó el contacto.
Al tocarlo, sintió que el mundo volvía a girar, pero esta vez no era por el alcohol, ni por la adrenalina de lo vivido... era por la mirada de Sebastián, que la devoraba con una intensidad que Julián jamás había sido capaz de fingir.
En sus ojos grises no había burla, solo una promesa de posesión absoluta.
Él la levantó en sus brazos, cargándola como si no pesara más que una pluma de cisne, y cruzó el camino hacia el umbral de la mansión. Los pocos sirvientes que quedaban despiertos bajaron la cabeza al ver pasar a su jefe con una dama de la alta sociedad en sus brazos, pero ninguno se atrevió a decir una palabra.
El silencio de la casa era absoluto, solo roto por la respiración agitada de ambos.
- Llévame a tu habitación – le susurró Victoria contra su cuello, sintiendo el latido acelerado de la yugular de Sebastián contra sus labios.
- No quiero asientos de auto, ni salas de estar, ni decoro. Quiero que este lugar sea el fin de mi pasado –
Sebastián obediente subió las escaleras de mármol de dos en dos. Sus pasos resonaban con una urgencia que hacía que el corazón de Victoria martilleara contra sus costillas como un animal enjaulado.
Al llegar a la suite principal, él empujó la puerta de una patada y la cerró tras de sí con un golpe seco que selló su destino. El sonido del cerrojo encajando fue el punto final a su reputación y el inicio de su nueva libertad.
La habitación estaba sumida en una penumbra cálida, iluminada solo por el fuego moribundo de la chimenea que proyectaba sombras alargadas sobre el techo. Sebastián la dejó en el suelo, pero no la soltó. La acorraló contra la madera de la puerta, atrapándola con sus brazos y rodeándola con su imponente presencia física.
- ¿Eres consciente de lo que acaba de pasar entre nosotros, Victoria? – su voz era un trueno bajo, cargado de una advertencia final.
- Mañana, cuando el alcohol se haya ido y la realidad te golpee, podrías odiarme. Podrías odiarte a ti misma por... – ella alzó la mano y coloco su dedo sobre sus labios para silenciarlo.
Después trazó el contorno de los labios de él con el pulgar, desafiando su advertencia... ella ya era su mujer, nada lo iba a cambiar. Sus ojos verdes, oscuros y habidos de deseo, no mostraban arrepentimiento alguno.
- Mañana seré la mujer que rompió el compromiso con un traidor infiel. Pero esta noche... esta noche, solo quiero ser la mujer que descubrió que el hombre más deseado de Inglaterra es real. Sigue demostrándome que Julián es un total estúpido, Sebastian –
- Llámame cariño – susurró él, perdido en su deseo.
- Cariño – susurró ella.
- Muéstreme por qué mi ex, te teme tanto –
Sebastián soltó un gruñido animal antes de unir sus labios con los de ella. la besó y fue un beso que no tenía nada de romántico y todo de posesivo... una colisión de labios y lenguas que reclamaba por ser el dueño de ese nuevo territorio.
Ese beso sabía a brandy, a deseo acumulado y a años de mantener una fachada de frialdad ante un mundo que lo juzgaba sin conocerlo.
Sus manos, grandes y expertas, olvidaron que los vestidos se quitaban bajando cierres, rompiendo la tela para liberarla de ella. El sonido de la seda rasgándose levemente bajo la presión de sus dedos fue la música más dulce y emocionante que Victoria había escuchado en su vida.
- Tú lo provocaste, pequeña – le repitió nuevamente él contra su boca, su aliento caliente quemándole la piel mientras descendía hacia su escote.
- Y esta vez no voy a ser gentil Victoria. Voy a borrar cada rastro de ese hombre de tu cuerpo hasta que lo único que recuerdes sea mi nombre... amor –
Eso no sería nada difícil, pues Julián nunca llegó a más de algunos besos y algunos toqueteos torpes con ella, siempre preocupado por no arruinar su propia imagen de perfección.
El vestido cayó al suelo hecho añicos, trozos de seda color esmeralda quedó olvidado como un despojo de la sociedad que ella acababa de abandonar. Victoria se quedó desnuda, vestida solo con el corsé que estaba a punto de caer si lo tocaban, resaltando su pequeña cintura, la curva de sus caderas y la blancura de sus hombros bajo la luz de la chimenea que siempre se mantenía encendida.
Sebastián se despojó de su propia chaqueta con una rapidez violenta, cuando la camisa se abrió al romper cada uno de los botones se reveló un torso de mármol, surcado por músculos que hablaban de una vida de ejercicio y vigor, lejos de la imagen de "hombre delicado" que Julián proyectaba sobre él con envidia.
La anchura de sus hombros y la firmeza de su pecho hacían que Victoria se sintiera pequeña, pero intensamente protegida.
Él la tomó por la nuca, obligándola a mirarlo mientras se desabotonaba el resto de su ropa con una calma que aterraba y excitaba a la vez.
- Mira, Victoria. Mira bien lo que Julián llama "impotencia" – y cuando la última barrera de tela cayó, Victoria ahogó un suspiro.
La verdad estaba ahí, magnífica y aterradora en toda su masculinidad, palpitante y lista para volverla a reclamar.
Ya no había mentira posible... los rumores eran solo el escudo de un hombre demasiado poderoso para ser comprendido. Sebastián era fuego puro, un incendio que amenazaba con consumirla y en el que ella no dudaba en estar.
Él la levantó de nuevo y la depositó sobre la enorme cama de sábanas de hilo negro. El contraste de la piel blanca de Victoria contra la oscuridad de la cama era hipnótico, como una perla sobre terciopelo.
Sebastián se situó entre sus piernas, separándolas con una determinación que hizo que Victoria temblara de anticipación, sintiendo la humedad del deseo florecer nuevamente entre sus muslos.
- Esta noche cariño – le dijo él, inclinándose sobre ella hasta que sus pechos rozaron con su piel, un contacto que hizo que los pezones de ella se endurecieran al instante,
- Vas a aprender que el silencio de un hombre no es debilidad, sino que es un rugido antes del ataque final. Y yo, pequeña, he estado guardando este rugido solo para ti –
El roce de las sábanas contra su piel desnuda enviaron un escalofrío por la columna vertebral de Victoria que no tenía nada que ver con el frío de la noche londinense.
En la penumbra de la habitación, iluminada solo por el resplandor ámbar de las brasas se proyectaban dos cuerpos danzantes sobre la cama, Sebastián se cernía sobre ella como una sombra antigua y poderosa.
El silencio de la villa era tan denso que Victoria podía escuchar el eco de su propia sangre latiendo en sus oídos, una mezcla de terror delicioso y una urgencia que el brandy no hacía más que alimentar...







