3. El auto...

Capítulo 3. El auto del pecado.

Sus dedos que parecían expertos ahora se metieron por debajo de su vestido, apropiándose de uno de sus pezones... ella volvió a gemir.

- Te quiero para mi Victoria, pero no acá... no dentro de este auto – susurró él. Y ella asintió.

- Llévame a tu casa Sebastian – susurró con los ojos cerrados. Sintiendo el máximo placer que alguna vez sintió.

Sebastián dejo de hacer lo que hacía y la miró con una intensidad que la hizo estremecer.

- ¿Estás segura de lo que estas pidiendo? – fue la ultima oportunidad que él le dio para arrepentirse.

- Estoy segura de querer descubrir que lo Julián ha dicho sobre ti, no es verdad – él sonrió comprometido.

- Julián siempre ha tenido una lengua demasiado larga Victoria. Me pregunto qué mentiras te habrá contado para que hayas bebido brandy como un marinero en tu propia fiesta de compromiso –

- No es nada que me haya contado Sebastian, ya te lo dije. Es algo que yo misma vi – le respondió ella, sorprendiéndose por su respuesta.

- Quieres saber lo que tu amigo dice de ti...  – le preguntó ella mientras su mano volvía a la cremallera de él. Victoria quería más esa noche, su centro de gravedad todavía palpitaba agitado gracias a la lengua de él.

Todo el cuerpo de ella pedía a gritos más placer.

- Si eso te sirve de algo – le dijo él y Victoria asintió. Lo estaba provocando, y no iba a detenerse hasta tenerlo dentro.

- Él dijo que tú eres... impotente – le respondió sin tapujos.

Y antes de que él pudiera responder su mano se metió entre su pantalón, llegando al centro de su hombría. El mismo que reaccionó a su contacto.

Sebastian se sentó en el asiento y la atrajo hacia él, reduciendo la distancia entre sus rostros hasta que pudo ver el brillo verde de sus ojos, metálicos y profundos. Ella podía sentir su aliento. Sabía que debía dar una explicación...

- Me dijo que el dinero era lo único que usted podía ofrecerle a una mujer. Que la pasión le era un concepto ajeno. Que no eres un hombre... – Victoria hizo una pausa deliberada, dejando que la palabra flotara en el aire como una sentencia.

- ...completo –

El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el sonido de sus respiraciones agitadas y el motor mientras pasaba por otro camino empedrado.

Sebastián no se inmutó, pero sus ojos se entrecerraron. Al parecer Victoria había olvidado donde estaba su mano en ese momento y lo que él la había hecho sentir hacía unos minutos atrás...

De pronto un destello de algo oscuro y peligroso cruzó su mirada, algo que no tenía nada de "frialdad". Sus manos, antes relajadas, se cerraron en puños sobre sus brazos cruzados.

- ¿Dime tu mujer... también crees que eso que está en tus manos no tiene valor? –le preguntó él en un susurro peligroso, un tono que erizó el vello de la nuca de Victoria y que le recordó lo que estaba tocando y lo que había sentido cuando la lengua de él se apoderaba de su feminidad...

- Yo... – le respondió ella, sacando la mano de su lugar. Pero Sebastian fue más rápido aún. Tomando su brazo para dejarla en el mismo sitio, presionando con cuidado para que ella pudiera sentirlo mejor.

-  Siéntelo cariño... y dime ahora. ¿tú crees que no soy un hombre... completo? – la pregunta llegó con un susurró peligroso.

Haciendo que un calor diferente recorriera el vientre de Victoria, una punzada de excitación que no tenía nada que ver con el brandy.

- ¿Qué tienes que decir Victoria? – le susurró nuevamente muy cerca de sus labios.

- Yo... Julián es un mentiroso, y lo acabo de comprobar. Pero tú... tu eres un pervertido... – él sonrió satisfecho antes de soltarla... ella no sacó su mano del pantalón.

Victoria se sintió mareada, pero esta vez no fue por el licor que había bebido. Fue la cercanía de Sebastián, el calor que emanaba de él a pesar de su postura rígida, su mano todavía dentro de su pantalón, el tacto que había hecho a su hombría erecta.

El alcohol le había quitado el filtro del decoro que la caracterizaba y la traición de Julián le había quitado el miedo a continuar...

Si su vida iba a ser un escándalo, si mañana iba a ser el hazmerreír de las noticias matutinas, quería que fuera bajo sus propios términos. Quería quemar el mundo antes de que el mundo la quemara a ella y si debía convertirse en una mujer, quería hacerlo en los brazos de Sebastian.

- Él se ríe de ti, ¿lo sabes? – continuó ella, su voz iba bajando a un tono confesional y seductor, casi un ronroneo que llenó el espacio entre ellos.

- Dice que ninguna mujer ha salido satisfecha de tu cama. Incluso se jacta de ser "más hombre" que tu... su mejor amigo –

Sebastián soltó una carcajada ronca, carente de alegría. Fue un sonido seco que pareció vibrar en las rodillas de Victoria.

- Julián proyecta sus propias inseguridades en los demás mi querida Victoria. Pero dime algo, ¿te gustó la muestra de placer que te hice sentir... porque lo vendrá esta noche te dejará por completo horrorizada? – ella se sonrojo al oírlo.

- Dime algo cariño... ¿Por qué me cuentas esto ahora? ¿Es un intento de insultarme o es una invitación a seguir probándote de lo que soy capaz? –

Victoria no respondió con palabras.

Su mente estaba en una nebulosa de audacia. En ese momento, el auto dio un giro brusco en una esquina empedrada y ella aprovechó el impulso para "perder el equilibrio" y presionar con más fuerza su miembro viril.

En lugar de sostenerse de la puerta, del asiento o del pecho de él.... ella se sostuvo de su virilidad, dejando que su cuerpo cayera sobre él,  aterrizando con suavidad, pero con firmeza justo entre las piernas de Sebastián.

El contacto fue eléctrico. Sin querer o quizás queriendo, Victoria apoyó sus manos en los muslos firmes del duque, sintiendo nuevamente la dureza de su miembro interior.

Este seguía erguido, latente, erecto ante su tacto.

No había nada de la flacidez de un hombre "inútil" como lo llamaba Julián, sino que encontró la solidez de alguien que estaba acostumbrado a dominar. Alguien que guardaba una fuerza física imponente.

El auto frenó de repente.

El cuerpo de ella se acercó más a él envistiéndolo. La respiración de Sebastián se detuvo en seco, ya no era la mano de Victoria la que mantenía erecta su hombría, era su rostro el que estaba justo allí... en el mismo lugar donde su cremallera estaba abierta.

Victoria pudo sentir cómo su cuerpo reaccionaba instintivamente a él, a la presión que su rostro sobre la hombría de él...

- Señorita Victoria... – le advirtió él, con una voz que ya no era burlona, sino cargada de una tensión brutal. Victoria no sabia que hacer, solo cerró los ojos dejando que la naturaleza le diera un impulso. Pero fueron las manos de él las que se colocaron sobre sus caderas, levantándola en vilo para acercarla más a él, como si estuviera a punto de atravesarla con el objeto de su pasión...

- Tengo curiosidad, Sebastián – susurró ella, alzando la vista desde su posición, con sus ojos verdes brillando con una audacia pecaminosa que desafiaba siglos de etiqueta victoriana.

- Quiero saber si todo lo que Julián posee es una lengua venenosa... o si usted ha estado ocultando un tesoro que él no podría ni imaginar –

Ella no se movió, él tampoco la apartó.

Victoria se quedó allí, montada sobre las piernas de él, en ese espacio reducido del auto, desafiándolo con la mirada mientras el aroma a sándalo de él la embriagaba más que el mismísimo brandy.

Su mano derecha, guiada por una mezcla de embriaguez y una curiosidad ardiente cobró vida propia, y comenzó a subir lentamente por el pecho de él, buscando el botón de su camisa, tratando de comprobar una verdad que cambiaría el rumbo de su noche y de su vida.

El silencio en el auto ahora era ensordecedor, cargado con la promesa de una tormenta que estaba a punto de desatarse.

El auto se balanceaba rítmicamente mientras cruzaba el puente de Londres, pero adentro de la cabina de los pasajeros, el tiempo parecía haberse detenido. El sonido que hacían las ruedas al pasar sobre la piedra y el fluir del Támesis allá abajo eran solo un ruido de fondo ante el estruendo del pulso acelerado de Victoria.

Ella sentía el calor que emanaba del cuerpo de Sebastián, ese calor que contradecía cada palabra burlona que Julián había escupido sobre él.

Sus manos, aún apoyadas en los pechos firmes del duque, temblaban levemente, y no por el alcohol, sino por la descarga de adrenalina que recorría su espina dorsal, mientras más se acercaban a su destino.

Cada centímetro de piel que rozaba la tela del pantalón de Sebastián enviaba un chispazo eléctrico a su bajo vientre, humedeciéndole su intimidad y nublándole el juicio más que las copas de alcohol que había bebido.

- Está jugando con fuego, señorita De Souza – la voz de Sebastián era ahora un gruñido bajo, una advertencia que sonaba más bien como una invitación. Sus ojos grises, fijos en los de ella, parecían absorber la escasa luz que entraba por las ventanas.

- Y las jovencitas de buena familia, comprometidas como usted, no suelen saber cómo apagar un incendio de esta magnitud –

- Esta jovencita ya no tiene un compromiso Sebastian, y mucho menos un honor que proteger – susurró ella, alzando la barbilla con un desafío que le prendió fuego a la mirada de ojos verdes.

La humillación de haber visto a Julián con Sofía teniendo sexo actuaba como un combustible inagotable dentro de ella.

- Ahora solo tengo curiosidad. Y un deseo infinito de que Julián sea un mentiroso en todo lo que ha dicho – sentencio acercando sus labios a los de él.

Sebastian no esperó por una respuesta. Esa fue la invitación que no podía rechazar en ese espacio confinado, donde el aire empezaba a escasear, y la pasión pasaba nuevamente a otro nivel.

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