2. El Tabú...

Capítulo 2: El Tabú de la Impotencia

Sebastián la estudió. Vio el brillo de las lágrimas contenidas tras la máscara de furia de esos ojos verdes... vio la botella de brandy a medio terminar.

- Llévame a casa, por favor. Si se queda aquí conmigo, me veré obligada a dar un espectáculo que ni siquiera su fortuna podrá ocultar –

- Si la saco de aquí en este estado, el escándalo nos perseguirá a ambos, mi querida Victoria. Julián es mi amigo desde la infancia. El mundo dirá que he robado la prometida de mi mejor amigo el día de su compromiso –

- Él no es tu amigo Sebastian – le respondió ella, dando un paso tambaleante que eliminó el espacio personal entre ambos.

Su pecho rozó la chaqueta del hombre, y antes de caer sobre ese cuerpo rudo y fuerte puso su mano en él, pudiendo sentir el latido rítmico del corazón de Sebastian.

- Su amigo se ríe de usted. Dice que es un hombre a medias. Que es inútil frente a una mujer. ¿Es usted un hombre a medias, señor? ¿O es que nadie ha tenido el valor de comprobarlo? – le dijo Victoria muy cerca de su oído, mientras su mano se perdía entre la entrepierna del hombre, llevándose una increíble sorpresa allí...

El aire pareció electrificarse. Sebastián apretó la mandíbula, y por un segundo, Victoria creyó ver una chispa de fuego salvaje en esos ojos grises que se suponían gélidos.

- Mi auto está en la entrada trasera – le dijo él con una voz que había bajado una octava.

- Si realmente quieres jugar con fuego, señorita De Souza, espero que esté preparada para las cenizas. Porque una vez que crucemos esa puerta, ya no habrá marcha atrás para su reputación –

- Mi reputación murió hace varios minutos señor... en esa habitación de descanso donde mi mejor amiga y mi prometido no dejan de follar – sentenció ella.

Victoria aceptó su brazo, sintiendo la solidez del músculo debajo de la seda.

En ese momento no le importaba nada.

Salieron del salón, evitando las miradas curiosas, dejando atrás los violines que ahora sonaban como un lamento fúnebre. Cruzaron el umbral hacia la oscuridad de la noche, donde el aire frío de la medianoche los recibió como un bautismo.

Victoria no miró atrás.

La inocencia se había perdido desde que decidió tocar lo prohibido, la pureza de esa jovencita se había quedado olvidada entre las copas vacías de brandy y las promesas rotas de un hombre que pronto descubriría que no hay nada más peligroso que una mujer que ya no tiene nada que perder.

El aire fresco de la noche golpeó el rostro de Victoria cuando salieron por la puerta lateral de la mansión, pero no fue suficiente para disipar la bruma del brandy ni la furia que le martilleaba las sienes.

El auto de Sebastián, un vehículo imponente lleno de escudos de armas discretos los esperaba en la penumbra, como una bestia acurrucada lista para devorar los restos de su antigua vida.

Sebastián no dijo una palabra mientras la ayudaba a subir. Su mano, firme y enguantada, sostuvo la de ella con una fuerza que no parecía la de un hombre "débil" o "inútil";  como decía Julián.

Esa mano era un ancla en medio de la tormenta de náuseas y despecho que la sacudía. Al entrar, el espacio se redujo drásticamente, el cuerpo de Sebastian ocupaba gran parte del asiento trasero. Y el aroma a cuero y a la colonia masculina de Sebastián inundó los sentidos de Victoria, volviéndola aún más temeraria.

Era un olor que evocaba maderas nobles y una sofisticación peligrosa, algo que contrastaba con el aroma a sudor y engaño que aún creía percibir en su propia piel después de ver a su prometido teniendo sexo con su mejor amiga.

Cuando Sebastian cerró la puerta sintió nuevamente la mano de la jovencita sobre su hombría... Victoria no estaba dispuesta a detenerse. Quería vengarse de Julián y que mejor que hacerlo con su mejor amigo.

- Victoria – susurró él, intentando detener un gemido de placer.

- Demuéstrame de lo que eres capaz Sebastian, demuéstrale a tu amigo que no eres ese hombre defectuoso que él dice que eres – susurró ella mientras mordía el lóbulo de su oreja, para pasar su lengua por el cuello de él.

Victoria estaba desatada... nunca había hecho algo así, pero no por alguna razón desconocida no podía detenerse.

El chofer de Sebastian al ver la interacción entre ellos, cerro el vidrio que dividía ambas cabinas. Era la primera vez que veía a su jefe comportarse asi con una mujer.

- A la residencia de los De Souza – le ordenó Sebastián a su chofer, pero Victoria lo interrumpió de inmediato. No pensaba volver a casa donde sus abuelos la estarían esperando para saber cómo le fue.

Su casa en ese momento era el último lugar adonde quería llegar... aunque sabía que sus abuelos esperaban por ella... Pero ya lo había decidido, sería esa noche cuando cumpliría su venganza.

- No por favor. Llévame a cualquier lugar menos a casa. Solo... dile a tu chofer que siga por la ciudad hasta que el mundo deje de dar vueltas, y yo pueda olvidar lo que vi – sentenció ella, dejándose caer sobre el cuerpo de él.

El solo pensamiento de ver a sus abuelos en ese momento la molestaba... el llegar al lugar donde se suponía viviría con Julián luego de casarse le revolvía el estómago. El solo recordar que fue allí donde fue tratada como una idiota, pura y virginal la estaba atormentando.

Sus ojos verdes desafiaban la oscuridad, buscando una confrontación que apagara el incendio que comenzaba a crecer dentro de su pecho.

Sebastian obedeció y dejó que su chofer avanzara sin rumbo.

El auto se puso en marcha con una leve sacudida. Los faroles de Londres pasaban como ráfagas de luz a través de las ventanas oscuras, iluminando y oscureciendo el rostro de Sebastián de forma rítmica.

Ella estaba sobre él, observándolo...  él la tenía sobre sus piernas intentando pensar que debía hacer... observándola en silencio, con esa calma desesperante que solo los hombres que no tienen nada que demostrar poseen.

Victoria se sentía pequeña bajo su escrutinio, pero el alcohol le daba un escudo de porcelana que se negaba a romper.

Ella lo estudió. Era condenadamente hermoso. Julián siempre hablaba de él con una mezcla de lástima y superioridad... y ahora comprendía que todo lo que su prometido le decía era mentira...

 "¡Pobre Sebas!, es mi amigo, pero no puedo negar que es como una pintura de museo... hermosa de ver, pero sin vida en su interior. Las mujeres se aburren de él en cinco minutos porque no hay fuego que corra por su sangre"

Victoria recordó esas palabras mientras miraba la línea severa de los labios de Sebastián. Preguntándose si debajo de esa fachada de mármol realmente había un desierto o si Julián solo intentaba convencerse a sí mismo de que era superior al hombre que tenía frente a él.

- ¿Por qué me miras así, Victoria? – le preguntó él de repente. Su voz sonaba más grave en la intimidad del auto, resonando en las paredes mientras el conductor avanzaba.

- Me observas como si estuvieras decidiendo si soy un aliado o una presa –

Victoria soltó una risa seca, empañada por el alcohol. Se había decidido, ella sería la mujer que descubriera hasta donde podría llegar él con una mujer.

- Y tu quien quieres ser... un aliado en esta venganza o prefieres hacer el papel de presa. Porque si es asi,  no tengo miedo de acecharte – le dijo acercándose tanto que sus alientos se mezclaron entre sí.

Él suspiró... la jovencita montada sobre él estaba jugando con fuego. De pronto el auto pasó por un empedrado, el movimiento la hizo sentir invencible, sus caderas se mecieron sobre él, pegando su miembro a su feminidad.

Un gemido leve se escapó de los labios de Victoria, quien no esperó más para unirlos con los de él. Quería probarlo y esta era la mejor situación.

El beso que comenzó inocente subió de nivel al segundo, la mano de Victoria en el pecho de Sebastian bajo hasta su cremallera... por muchos años se mantuvo alejada del placer, y ahora no lo iba a hacer.

Ella quería sentir lo mismo que su prometido y su mejor amiga habían sentido en esa habitación de descanso.

- Vamos Sebastian demuéstrame que tu mejor amigo no sabe nada de ti –

Sebastián se tensó imperceptiblemente.

- Demuéstrame que puedes hacer feliz a cualquier mujer – esas palabras fueron la gota que derramo el vaso.

Sebastian dio un giro y quedó sobre ella. todo su cuerpo presionaba ahora el de Victoria, podía sentir su hombría erecta sobre ella, y una corriente eléctrica la fulminó.

Con la espalda apoyada contra el asiento y el cuerpo de Sebastian sobre ella, Victoria dejo de pensar. Con una mano abrió la cremallera, mientras que con la otra subía su vestido para quitar los obstáculos que los estorbaban...

Sebastian aspiraba una buena cantidad de aire mientras pensaba que debía responder...

- Yo soy un hombre peligroso Victoria, de verdad quieres saber lo que te puede hacer – ella no lo escuchó. Solo quería que él la hiciera olvidar.

Que la hiciera sentir todo lo que su maldito prometido le había hecho sentir a su amiga...

Sebastian no lo pensó más. Con sus brazos fuertes levantó a Victoria hasta colocarla en el asiento, luego él de la forma más delicada que pudo le arrancó la ropa interior... una sonrisa apareció en su rostro al ver una sombre de vello en ella.

Eso solo le decía que era una mujer pura tal y como la había imaginado siempre... aunque no podía evitar recordar los relatos de su amigo, mencionando las cosas que le hacia a su mujer... ahora se daba cuenta que no era de ella de quien hablaba Julián cada vez que narraba sus encuentros sexuales.

Los labios de Sebastian subieron por su pierna hasta llegar a su feminidad. Victoria sin querer separo sus piernas dándole mayor visión... él no espero más. Su lengua se pedio entre los pliegues de su vagina. Encontrarse con su clítoris ahora abultado fue como ganarse la lotería.

- Te gusta lo que hago señorita De Souza – susurra él, y ese susurró le provoca un espasmo de placer.

Victoria se olvido de todo en ese momento, lo único que quería era más... todo aquello que se había prohibido gracias a la educación de sus abuelos, y a la forma como la trataba Julián...

Sebastian siguió explorando, haciéndola gemir, haciéndola sentir plena...

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