4. Tu...

Capítulo 4. "Tú lo provocaste, pequeña"

Con una lentitud tortuosa, volvió a deslizar su mano derecha hacia el centro de la entrepierna, hacia ese lugar prohibido que ya antes había tocado, pero que ahora quería poseer.

A ese lugar donde supuestamente estaba el deshonor de Sebastián.

Esta vez no metió la mano, su propio cuerpo se lo impedía, pero logró rozar con la palma de ella la fina tela de ese pantalón y de inmediato, un jadeo ahogado escapó de los labios de Sebastian.

No fue un sonido que ella hubiera escuchado antes en un hombre... ni siquiera en su prometido Julián cuando estaban besándose en la intimidad de un salón, o cuando lo vio haciéndole el amor a su mejor amiga... ni siquiera en ese momento Julián reaccionó igual.

Este sonido era una mezcla de agonía y placer puro... salvaje.

Y lo que ella encontró no fue la "ausencia o el deshonor" del que Julián se mofaba con tanta crueldad en los clubes de caballeros y cuando estaba junto a ella.

 Victoria bajó sus dedos, para sentir nuevamente aquella dureza impresionante, aquella presencia viril que crecía y palpitaba ante su toque, desafiando cualquier rumor de impotencia que existiera sobre ese hombre...

Lo que encontró fue una columna de hierro puro, que parecía emanar fuego y querer romper las costuras que lo encerraban dentro de ese pantalón.

La realidad física de aquel hombre era abrumadora, una fuerza de la naturaleza que Julián había intentado menospreciar por pura envidia.

Sebastian no se quería quedar atrás ofreciéndole placer y cuando el corsé se abrió ofreciéndole sus pechos virginales, sus labios se apoderaron de ellos. Victoria ahogó un grito de sorpresa que se transformó en una sonrisa triunfal por parte de él.

Ella estaba ebria sí... pero también estaba llena de deseo, llena de una pasión no correspondida... y feliz al comprobar que el idiota de Julián Sevilla se moriría al corroborar esta verdad.

La satisfacción de la venganza se mezcló con un descubrimiento sensual que la dejó sin aliento cuando uno de sus pezones quedó al descubierto.

- Mentiroso... – jadeó cuando sus labios se separaron.

Apretando ligeramente los dedos para confirmar que lo que sentía era real, que no era una alucinación producto del alcohol.

- Julián es un maldito mentiroso. No hay nada de "inútil" en ti Sebastian – le dijo con una inocencia que estaba lejos de sentir, ya que sus ojos narraban una historia mucho más pecaminosa.

Sebastián echó la cabeza hacia atrás contra el respaldo del asiento, cerrando los ojos con fuerza mientras sus manos se aferraban a los apoyabrazos de cuero con tal fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

El esfuerzo por mantener la compostura le estaba comenzando a pasar factura. En su mente no podía hacer otra cosa que contar hasta cien, antes de lanzarse nuevamente sobre ella y deshonrarla en ese mismísimo lugar.

Podía sentir el rastro de calor que dejaba la mano de Victoria cuando recorría su cuerpo, una caricia que estaba quemando siglos de linaje y autocontrol... pero él la quería en su cama... era algo que había soñado por mucho tiempo.

- Basta, Victoria... – gruñó él, aunque su cuerpo se arqueaba hacia adelante buscando un poco más de contacto, traicionando su propia orden.

- Si sigues así, no podré detenerme. Y te aseguro que no soy el caballero que todos creen que soy cuando pierdo el control –

-  No quiero que seas un caballero conmigo Sebastian – le respondió ella muy cerca del oído, envalentonada por el descubrimiento y el exceso de alcohol.

Victoria arqueo su cuerpo acercándolo aún más... su vagina rosaba su hombría con tal descaró que podían fundirse en uno solo en ese momento. Pero él siguió contando... todavía faltaba mucho para llegar a su hogar.

- Quiero al hombre que Julián más teme Sebastian. Quiero saber ¿por qué mintió sobre ti? ¿Por qué dejar que el mundo piense que eres menos de lo que eres en realidad? Te quiero a ti Sebastian Villagarcia –

- Llévanos a casa ¡ya! – le ordeno él a su chofer.

Victoria se incorporó, quedando a escasos centímetros de los labios de Sebastián, estaban tan hinchados como los suyos, solo que ella no se podía ver.

Sus ojos verdes estaban empañados por la lujuria y el alcohol, una combinación letal que la hacía parecer una sirena en busca de su presa. Ella comenzó a desabotonar con dedos torpes pero decididos la camisa de él, queriendo sentir la piel, el latido, la verdad completa.

El roce de sus uñas contra la camisa de seda de Sebastián lo hacía temblar.

- Él me envidia, Victoria – le confesó Sebastián, abriendo los ojos, que ahora brillaban con una oscuridad animal que la hizo estremecer de placer.

- Me envidia porque sabe que, si yo pusiera mis manos sobre lo que él considera suyo, nunca querrían volver a sus mediocres brazos – estaba hablando de ella. Y Victoria lo sabía.

- Él sabe que mi silencio no es falta de capacidad, sino un exceso de ella... algo que muy pocos podrían manejar –

- Pon tus manos sobre mí entonces, Sebastian – lo retó ella, tomando la mano de él y guiándola hacia el escote de su vestido, donde su corazón latía desbocado como un pájaro enjaulado.

- Demuéstrame que él tiene razón en temerte –

Sebastián no esperó más.

El hombre se rompió.

Con un movimiento brusco, posesivo y cargado de una fuerza que le quitó el aliento, la tomo por las caderas acercándola más a él. Haciendo que su miembro no solo roce su piel, sino que intente penetrarla... ella gimió de placer. Eso era lo que había estado buscando desde que salió del salón del brazo de Sebastian.

Los volantes de su vestido se amontonaron entre ellos en un caos de tela verde, pero la presión de la erección contra la intimidad de Victoria fue directa y abrasadora, separada solo por le tela de ese pantalón que pronto dejaría de estorbar.

Ella soltó un gemido largo, un sonido gutural de liberación y deseo, echando la cabeza hacia atrás mientras el auto tomaba una curva cerrada. Las manos de Sebastián, grandes y expertas se metieron dentro de su corse, liberando sus pechos ante él, delatando años de secretos y encuentros en la penumbra.

No había torpeza en él, solo una determinación implacable.

- Tú lo provocaste, pequeña – le susurró contra su cuello, su aliento caliente muy cerca del oído le quemaba la piel mientras la colocaba en posición...

Sebastian mordisqueó el lóbulo de su oreja antes de lamer la piel sensible de su hombro, marcándola como suya incluso antes de pensar en poseerla.

- Esto te va a doler Victoria – le susurró. Ella no lo escuchaba, el placer que estaba viviendo era superior.

- Ahora que has despertado a la bestia, no esperes que te devuelva a tu casa como si nada hubiera pasado cariño... No habrá regreso triunfal al baile, ni a casa de tus abuelos por ahora Victoria. Solo tendrás esto por tiempo indefinido – ella solo asintió. Lo quería dentro de ella y lo quería ya.

- Marcus, cambio de rumbo – ordenó con voz ronca, golpeando con el puño el asiento frente a él.

El vehículo dio un giro violento, volcando casi por la velocidad.

- ¡A mi propiedad de campo! ¡Ahora! – le ordenó al chofer con una voz que no admitía réplica, una voz de mando que Victoria nunca había escuchado en la sociedad londinense, pero que le erizo la piel llevándola hasta clímax...

Victoria se aferraba a los hombros de Sebastián, sintiendo cómo el deseo la consumía por dentro... sabía que ese hombre tenía dinero y poder. Pero desconocía que tuviera una propiedad en el campo.

Aunque estaba agradecida con él, pues si terminaban en la casa de la ciudad, lo más seguro después de verla salir a su lado, es que alguien se presentara a recogerla por la mañana.

- Ahí voy cariño – le susurró en el momento que su cuerpo ingresaba dentro de ella. Victoria sintió una fuerte presión, el dolor se fue disipando gracias a las palabras y los besos de él.

- No era lo que quería para ti princesa, pero no pude aguantarme más – se disculpaba entre beso y beso.

Victoria no podía hablar, su cuerpo dejo de pertenecerle... el dolor, la pasión, el deseo se habían convertido en uno. Lo que parecía doler, también le provocaba deseo y placer.

La fricción constante producida por las manos de Sebastian sobre sus pechos la mantenían húmeda, su cuerpo y el movimiento del auto en la carretera de tierra, la enloquecían más y más.

Y mientras más rápido iban, más placer producía ese movimiento al entrar y salir de él... ella estaba excitaba, demasiado. Él trataba de contenerse para no hacerle daño.

Cuando sintió que todo dentro de ella iba a explotar, sus dedos se enterraron en el cabello castaño de Sebastian, mientras buscaba sus labios con una sed desesperada.

El auto ya no era un simple medio de transporte... se había transformado en un santuario del pecado, un refugio oscuro donde las rígidas reglas de la sociedad se quemaban a cada segundo, reducidas a cenizas por la pasión de una mujer traicionada y de un hombre que finalmente había decidido dejar de esconder su verdadera naturaleza.

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