Insinuaste que no soy un hombre...
Insinuaste que no soy un hombre...
Por: Tiur Writer
1. El brillo...

CAPÍTULO 1: El Brillo del Desengaño

La seda esmeralda de su vestido parecía palidecer en comparación con la intensidad de su mirada. A sus diecinueve años, Victoria De Souza sabía que sus ojos eran su posesión más valiosa, dos gemas brillantes que esa noche, la noche de su compromiso, relucían con una mezcla de triunfo y nerviosismo. El salón de los duques de Villegas estaba impregnado del aroma a vainilla y tabaco, mesclados con perfumes caros y el murmullo incesante de una aristocracia que ya no existía, pero que seguía viviendo de las apariencias. Cientos de luces que bañaban a los invitados con una luz dorada que ocultaba las arrugas y las malas intenciones.

- Estás radiante, mi pequeña gata – había susurrado Julián Sevilla, su prometido, antes de dejarla un momento para atender a los invitados. Su aliento olía a vino dulce y a una suficiencia que en ese momento ella confundió con adoración.

Victoria sonrió, sintiendo el peso del anillo en su dedo como una promesa de libertad, una vida que comenzaría lejos de abuelos y de toda esa fallada aristocrática que siempre detestó.

Pero el calor del salón comenzó a sofocarla.

El corsé, apretado hasta el límite de sus costillas, le recordaba que cada gramo de belleza tenía un precio en oxígeno. Necesitaba aire, o quizás, necesitaba a Julián para que le confirmara que todo aquello era real.

Con un paso ligero que apenas hacía ruido sobre las alfombras persas, se escabulló hacia el ala este de aquella mansión, buscando la habitación de descanso que la duquesa les había cedido amablemente. Imaginaba a Julián allí, retocándose el pañuelo del cuello, y quería sorprenderlo con un beso que sellara su destino.

- ¿Julián? – susurró ella al abrir un poco de la pesada puerta de roble, que estaba entornada.

La respuesta no fueron palabras.

Fue un gemido. Un sonido gutural, húmedo y desesperado que congeló la sangre en las venas de Victoria. El aire en ese pasillo, antes fresco, se volvió pesado, cargado de un olor almizclado que no pertenecía a un salón de baile.

A través de la rendija, la escena se grabó a fuego en sus pupilas verdes.

 Julián, su prometido, el hombre que había jurado respetarla, el que le dedicaba poemas sobre su "pureza angelical", estaba arrodillado. Pero no en penitencia como cualquiera hubiera esperado, mucho menos rezando una oración...

 Su cabeza estaba sepultada entre las piernas de Sofía, la mejor amiga de Victoria, quien se aferraba a los cabellos de él con una urgencia animal.

- Métemela más adentro Julián – le decía Sofía entre gemidos. La lengua de él se introducía junto a uno de sus dedos dentro de su vagina.

- Te gusta esto mujer – le respondía él, introduciendo, y moviendo su lengua contra su clítoris. Haciendo que este creciera con el deseo.

- Ella no tiene idea de lo que es gozar – susurró él. Escondiendo su rostro entre los pliegues de la mujer. Sofia tenía el vestido de encaje amontonado en la cintura, revelando las medias de seda blanca y la piel pálida de sus muslos, abiertos de lado a lado sobre el diván de terciopelo color carmesí.

Los ojos de Victoria bajaron hasta el bulto que mostraba la excitación de su prometido. La misma que nunca se había mostrado ante ella... esa hombría viril y erecta que pensaba Julián sabía controlar cuando estaba a su lado...

“Que ilusa había sido”

Ella vio las manos de su prometido apretando con fuerza las cadera de Sofía, dejando marcas rojas que ella nunca había conseguido con él.

Escuchó el jadeo de su amiga, esa mujer con la que había compartido secretos de infancia, y que ahora se entregaba a un placer que a Victoria se le había prometido solo después de llegar al altar.

Pero eso no fue suficiente para sacarla de ahí, fue lo que siguió, lo que hizo que se sintiera más miserable. Ver al hombre que amaba bajarse los pantalones y voltear a su mejor amiga para introducir su virilidad dentro de ella...

- No te vayas a equivocar cariño... no puedo perder mi virginidad – esas palabras la dejaron asombradas. En la sociedad en la que vivía, en la familia en la que había sido criada, junto a sus abuelos, dos viejos de setenta y tantos años oír aquello era una aberración.

- Si solo Victoria fuera menos mojigata, no habría tenido que sucumbir ante ti Sofia – susurró Julián, mientras su cuerpo se movía adentro y afuera con una rapidez feroz.

Victoria no gritó. No podía.

El aire se le escapó de los pulmones mientras veía cómo el hombre que la llamaba "pura" devoraba con lujuria a esa traidora. El contraste era devastador... la pulcritud de los trajes de etiqueta afuera, los violines tocando un vals romántico, y la suciedad de esa entrega carnal anti natura solo a pocos metros de la mirada pública le provocaron repulsión.

Ella cerró la puerta con una delicadeza que le dolió en el alma.

Cada centímetro de madera que encajaba en ese marco era un clavo en el ataúd de su inocencia.

Victoria dio un paso atrás, luego otro, hasta que sus talones chocaron contra la pared del pasillo. La traición no solo le había roto el corazón... le había encendido una chispa de desprecio que quemaba más que el propio engaño.

Se miró las manos, estaban temblando, pero no de miedo. temblaban de una rabia gélida y asesina.

- Así que esto es lo que me ocultabas, Julián – siseó para sí misma, sintiendo cómo sus ojos verdes se oscurecían como un bosque bajo la tormenta.

- Pues si quieres suciedad, hoy vas a probar lo que siente la verdadera suciedad –

Victoria se obligó a caminar con la espalda erguida, aunque sentía que sus piernas eran de cristal y estaban a punto de estallar. Cada risa de los invitados le sonaba como una burla, cada mirada de envidia de las otras jovencitas presentes era ahora un insulto para ella.

Se había sentido tan feliz cuando le dijeron que fue elegida por alguien como Julián y ahora estaba dispuesta a entregarlo todo por alejarse de él.

Cruzó el umbral del salón de baile y se dirigió a la mesa de licores con la determinación de un soldado marchando hacía la peor de sus batallas.

El encargado del bar la miró con sorpresa cuando ella extendió la mano hacia una botella de brandy. Ignorando las copas de cristal de bohemia que contenían ponche de frutas o champán de color rosa dispuesto para las jovencitas.

- ¿Señorita? – balbuceó el sirviente.

- ¿Desea que le sirva una copa de...? –

- No – lo interrumpió ella.

- Deseo que me entregue esa botella y me deje sola – le respondió ella con una voz tan fría que el hombre, acostumbrado a los caprichos de la aristocracia, obedeció.

Victoria se sirvió una cantidad generosa de alcohol en un vaso corto. El primer sorbo la hizo toser, era un fuego líquido que le quemaba la garganta, pero ese dolor físico era exactamente lo que necesitaba para sofocar la imagen de los muslos de Sofía, de las piernas desnudas de su prometido metiendo y sacando su miembro del trasero de su amiga.

Volvió a servir un poco más y lo bebió de nuevo, sintiendo cómo el calor del alcohol comenzaba a recorrerle la sangre, adormeciendo el centro de su pecho donde el dolor intentaba echar raíces.

Fue entonces cuando lo vio a él.

Sentado en un rincón de sombra, alejado del bullicio de la pista de baile, allí estaba Sebastián, otro aristócrata que pensaba que los títulos valían oro...

Él era la antítesis de Julián.

Mientras Julián era todo sonrisas fáciles y encanto superficial, Sebastián era una columna de mármol oscurecido. Su presencia era una mancha de elegancia oscura en medio de tanto color pastel.

Victoria recordó las burlas de Julián...

"Pobre Sebastián. Es rico, pero de nada le sirve tanto dinero. Tan hermoso como un dios, pero tan inútil como una estatua de piedra. El dinero no puede comprarle la hombría. Es una lástima que su linaje muera con él porque es incapaz de satisfacer a una mujer”

Ella observó el perfil afilado de Sebastián... su mandíbula marcada que parecía esculpida por los mismos dioses, su cabello castaño que atrapaba la luz como un imán y esos hombros anchos que llenaban el traje de etiqueta de una forma que Julián jamás lograría llenar.

 Si Julián decía la verdad, Sebastián era un hombre "averiado", un desperdicio de la genética humana.

Pero en ese momento, bajo los efectos del segundo o quizás tercer vaso de brandy, Victoria solo veía en él un arma... una que podría utilizar para vengarse.

¿Qué mejor venganza contra un traidor que usar a su propio mejor amigo, aquel al que despreciaba en secreto, aquel al que llamaba poco hombre?

El mismo que la ayudaría a escapar de las garras de un matrimonio que ya no quería, porque estaba podrido...

Al intentar dar un paso hacia él, el mundo dio un vuelco. El suelo del salón, encerado hasta el brillo, pareció inclinarse peligrosamente frente a ella. El alcohol la golpeó con la fuerza de una marea.

 Sus rodillas fallaron y tuvo que sostenerse del borde de la mesa, derramando unas gotas de licor sobre sus guantes de encaje.

- Maldita sea... – susurró, cerrando los ojos para detener el carrusel que comenzaba a dar vueltas dentro de su cabeza.

- Parece que la futura esposa de Julián tiene prisa por celebrar – una voz profunda, aterciopelada y ligeramente burlona vibró a su lado.

Victoria abrió los ojos y se encontró con la mirada gris y penetrante de Sebastián. Estaba tan cerca que podía oler su perfume: sándalo y tabaco de alta calidad, un olor que evocaba bibliotecas antiguas y viajes prohibidos.

Él no la miraba con la mirada lasciva con que lo hacía Julián, la miraba con una curiosidad analítica, como si ella fuera una pieza de arte que acabara de agrietarse frente a él.

- Señor Sebastián – logró decir ella, forzando una sonrisa pícara.

- No sabía que las sombras fueran su compañía favorita. Pensé que los hombres con su... “penosa condición...” preferían la luz para no perderse –

Sebastián enarcó una ceja. El insulto velado sobre su "impotencia" pareció resbalar sobre él sin afectarlo.

- Tienes demasiado valor señorita Victoria... o es que eres más honesta que las personas bajo las luces de este salón – le respondió él extendiendo una mano para tomarla suavemente del codo.

Su tacto, incluso a través de la tela, era firme y extrañamente cálido.

- Está usted pálida y, a juzgar por el aroma, ha decidido vaciar la bodega de los Villegas. ¿Dónde está Julián? No debería estar cuidando de su futura esposa –

- Julián está... ocupado – escupió ella, sintiendo que el brandy le daba la valentía de un mártir.

- Muy ocupado con "asuntos intimos" con mi mejor amiga –

El silencio que cayó entre ellos fue denso.

Sebastián enarcó una ceja, captando el tono amargo. Victoria lo miró fijo, desafiante, dejando que sus ojos verdes brillaran bajo las lámparas de cristal. Recordó las palabras de Julián:

"Sebastian es impotente".

Victoria miró los labios de Sebastián, luego su postura impecable, y se preguntó si un hombre tan magnífico como él, podía ser realmente tan frío e impotente.

- Sácame de aquí – le ordenó ella.

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