La erección de Hayden dio un brinco, así como su corazón que no podía creer que estuviera tocando su suculento seno, grande, redondo, y tan apetitoso que la boca le segregó saliva.
―Chist, tranquila ―la calmó sentando en el borde de la cama, tratando de ser un caballero, cuando su mente le decía que estirara los dedos y abarcara su teta, que se agachara, la besara en los labios, en el cuello níveo e impoluto, que pasara la lengua por su canalillo estrecho, por sus pechos colmados.
Bufó y, como