Haris se quedó observando las manos delicadas y femeninas de Mare, que se movían para digitar sus órdenes, al tiempo que cruzaba los tobillos bajo la silla y sus pechos grandes buscaban salirse de la camisa que llevaba más desabotonada que nunca.
Mare sintió su mirada, pero trató de tranquilizarse. Apenas respiraba con normalidad, con él todo cambiaba. La mujer segura desaparecía y dejaba a una jovencita temblorosa que estaba dispuesta a todo con solo un chasquido por parte de Haris.
Su jefe te