La conferencia había terminado hacía horas, pero el eco de los flashes todavía latía en la cabeza de Emma. Cada vez que cerraba los ojos, podía ver la sala llena de periodistas, podía escuchar su propia voz quebrándose en el micrófono y, sobre todo, podía revivir el momento en que Alejandro la había tomado de la mano frente a todos y había pronunciado aquellas palabras: “Ella es la mujer que amo”.
No importaba cuánto caos la rodeara; esa declaración la sostenía como un faro en medio de la torme