Los días siguientes fueron de puro entrenamiento y sangre. Me levantaba antes de que el sol tocara el horizonte, con el eco de las instrucciones de Leónidas resonando en mi cabeza: «Tu cuerpo es una máquina de guerra. Aprende a usarlo o serás destruida».
Sus palabras eran duras, pero necesarias. El entrenamiento era brutal, pero lo soportaba. Tenía que hacerlo. Cada golpe, cada arañazo, cada cicatriz eran recordatorios de que me estaba fortaleciendo. Ya no era la misma chica que había llegado a