Emi pensó que los demás miembros de la familia le verían de forma rara, pero solo encontró miradas de afecto verdadero.
—Nos gusta tenerte en la familia, Emi.
—Gracias Justina.
Una vez en la casa avanzó al escritorio de su padre, la Emi de antes, hubiese corrido a su lado para recibir un beso y un abrazo, ahora, que había visto lo que el amor paterno significaba, observando a Vlad y a sus hijos, comprendía que, a Jack Gold, la camisa le había quedado grande.
—Hola, papá, ¿Sofía está en casa?